Paseo por la carretera desierta, observando las estrellas.
El cielo es distinto en mi lugar en el mundo. Al menos para mi lo es. Lo bueno
de estar alejado del mundo, de tener poca iluminación y menos habitantes, es
que la contaminación lumínica es tan baja que no impide ver las estrellas. Aquí
casi puedes caminar por la vía Láctea, de tan sólida como parece. Las estrellas
se ven nítidas, miles y miles de puntos que iluminan mi tristeza mientras
paseo.
Cuando era pequeña para mi el universo ni existía, y las
únicas estrellas que me interesaban eran las luciérnagas, iluminando los bordes
de la carretera. Puntitos fosforescentes aquí y allá. Las buscaba para
observarlas, como si mirando su brillo pudiese descifrar aquello que me parecía
mágico. Ahora que ya tengo una explicación sobre el por qué de su luz, una de
esas que ansías descubrir hasta que caes en la cuenta de que la magia
desaparece con su llegada, ahora no encuentro luciérnagas. De repente parecen
esconderse. Me temo que no, que están desapareciendo. Todo cambia. El año
pasado aparecieron lobos de las abejas. Nunca había visto ninguno por aquí. y
de repente en un par de días encontré dos. Y con mi fe ciega en la sabiduría de
los que viven la tierra, le pregunté a mi tío si sabía qué era aquel avispón
gigante. Come abejas, me dijo. Fue una de las últimas cosas que me dijo. Lo
busqué en mis libros, en internet, en… daba igual, sabía que él tenía razón.
Siempre la tenía.
Hace 21 años sí miraba las estrellas. Me tumbaba en esta
misma carretera, usando un ombligo de almohada, y buscaba estrellas fugaces a
las que pedir deseos. En agosto es fácil. Todo parece más fácil. No caí en lo
traicioneras que son. Me di cuenta al año siguiente, cuando todo lo que había
pedido empezó a cumplirse… justo al revés, y todo cambió, y dejé de mirar a las
estrellas, y empecé a dejar de ser yo, a equivocar todas las elecciones, a
coger trenes equivocados.
Ahora vuelvo a mirar las estrellas, y si veo una estrella
fugaz caer no pido nada. La insulto en silencio. Poco más.
Pero no es culpa de las estrellas, ni de los meteoritos, ni
de los cometas, es culpa de la vida, que cambia todo, hasta la naturaleza.
Este verano el hijo de aquel ombligo-almohada me trae bichos, sabe
que me gustan. Me trae libélulas rojas, mudas de cigarras, cangrejos de río (y
sonríe mientras yo blasfemo por la desaparición de nuestro cangrejo de río),
escarabajos y serpientes. Yo luego le obligo a soltarlos. Y me sonríe. Siempre
me sonríe.
Y de repente aparecen mis arañas, a ellas no me las trae nadie, vienen solas, creo que os he hablado de
ellas.
Cuando aparecen las arañas aparece la tristeza, la
desesperanza.
El verano pasado las arañas salían a mi encuentro cuando paseaba.
Y empecé a estar triste, a sentir una desesperanza que me desgarraba las
entrañas. Perdí toda fe en casi todo.
Después empezaron a poblar mi alfombra. Las encontraba felices,
saltarinas, mientras a mi me invadía la desolación.
Así fue como las empecé a asociar con mi tristeza. Arañas-tristeza,
tristeza-arañas. No sé si es causalidad o puta casualidad. Pero es.
Ahora vuelven las arañas. No esos opilones inofensivos, que sólo comen
insectos. No.
Volvieron las arañatristezas, las melancoliarañas, enormes, mirándome absurdas
con sus muchos ojos, formando múltiples imágenes de mi desolación. Las imagino
divertidas, montando una especie de collage de Nurias desesperadas y tristes.
Y sí, vuelve la puta desesperanza.
Pero no puede conmigo, no sabe que estoy curtida en mil
batallas, y que sólo me gana pequeñas escaramuzas. La guerra aun no ha terminado.
Lástima que escogiese mal mis trenes. Lástima que mi
almohada particular también los escogiese mal.
Pero queda esperanza para la naturaleza. Espero.
Talaron mi lionero, un árbol que me miraba con dos grandes
ojos. Me dejaron en su lugar un tocón triste. Y cuando volví a mi patio, el
tocón se había llenado de ramas. Los lioneros siempre renacen, dice mi padre.
Quién fuese lionero.
Postdata: Esto, como todo lo que cuento, es mi versión de lo que pasa. Es subjetiva. Siempre habrá, por lo menos, otra versión, otro punto de vista. Será distinto, siempre lo es. No digo que esté equivocado, sólo que no es el mio. Todo, me temo, es subjetivo. Perdón por divagar. Perdón por el desorden.
Postdata 2 (como en aquellas cartas largas que nos enviabamos): gracias por el mail en ese día en concreto. No sé si fue casualidad, gracias de todos modos.