sábado, 5 de enero de 2013

Su nombre




Yacía dormida en el tronco hueco de un árbol, su pequeño cuerpo arropado por hojas, por flores. Balbuceó, se desperezó. No recordaba quién era. ¿Era? No recordaba nada, ni el pasado, ni su nombre, nada. Recordaba el tacto cálido del líquido, el sabor dulzón, el vaivén, flotando, acunada por el latido de un corazón. Después nada, un vacío inmenso.
Recordaba una voz transmitida por la columna vertebral, que le cantaba, le contaba cuentos. Pero nunca la nombraba. No tienes nombre, le solía decir, porque si te nombro y te desvaneces luego duele más, luego es insoportable. Recordaba cómo se llamaba la que sí tuvo nombre. Y todavía notaba el tono quebrado y áspero en su voz cuando pronunciaba esas 5 sencillas letras. No, tú no tendrás nombre. Cuando seas, cuando te vea real, respirando, entonces te llamaré. Entonces te contaré el secreto de cómo te llamaré, entonces sabrás cómo suena tu nombre en mi voz. Nadie te nombrará nunca con el mismo amor.
No recordaba nada más. Hacía frío en el hueco de aquel árbol, en la umbría de una montaña. Salió gateando, con las flores acariciándole las rodillas, y sintió el aroma que desprendían. Flores y hierba recién cortada. A eso olía el tronco hueco de su árbol. Y entonces se preguntó a qué olería aquella voz, porque sólo conocía su olor por dentro. ¿Oleremos igual por fuera? ¿El aroma será el mismo? Algo le decía que no, intuía que no. Pero aun así creía que podría reconocer a aquella voz  por su aroma si alguna vez se cruzaba con ella.
Comenzó a caminar colina arriba, primero con pasos pequeños, titubeantes, después más decidida. Cuando llegó a lo alto de la pequeña colina vio a una anciana. Y se acercó para percibir su aroma. No soy yo la que buscas, le dijo la anciana, con la piel curtida por mil años de viento y tempestades. Su voz sonaba débil, un poco quejumbrosa. No, no era su voz, eso estaba claro. ¿Sabes a quién busco? Claro, llevo años esperándote, aguardando a que te decidieses a despertar. Te has hecho de rogar. Pero ella te estará esperando, lo sé. Sólo tienes que hallarla. Te esperó mucho tiempo al pie de esta colina, junto al árbol hueco. Pero no querías despertar, y todos perdieron la fe. Ella no, pero con palabras amables se la llevaron. Creo que la tomaron por loca. Ve a buscarla, tienes que confirmarle que tenía razón, rescatarla. Besó a la anciana y se alejó. Corría colina abajo, dirigiéndose a un pequeño riachuelo que divisó desde lo alto.
A la orilla del riachuelo había sentado un hombre. Ella sabía que la voz que buscaba no era la suya, pero aun así quiso escuchar la que escondía aquella espalda ancha, un poco curvada por el trabajo. Quiso percibir su aroma. Se acercó, y le dijo “sé que tú no eres quién busco. ¿Me conoces? ¿Sabes algo de mi?”. No, no sé nada de ti, sólo que ella te esperaba. Me dijo que estabas dormida, pero no la creí. Creí que tú también estabas muerta, como aquella pequeña que sí tenía nombre. No la creí, ¿cómo pude no creerla? Se la llevaron más allá de aquellas montañas. Aun la echo de menos. Cuando reía su risa lo inundaba todo, reía con todo su cuerpo, y la risa se transmitía al tuyo, y no podías evitar reir con ella. ¿Cómo pude no creerla?
Besó al hombre, que lloraba desconsolado, como sólo lloran las personas que no acostumbran a llorar, con una mezcla de tristeza y vergüenza.  Y su llanto iba llenando el riachuelo, ahora río caudaloso.
Se alejó con paso firme hacia las montañas. A lo lejos se veía un bosque. En los primeros árboles, apoyada en el tronco, había una mujer aun joven, que se peinaba los cabellos largos, de un castaño brillante. Cantaba canciones tristes con su voz desgarrada. ¿Sería ella la que buscaba? La voz era parecida, pero infinitamente más triste, más profunda. Se acercó asustada, impaciente. Al verla la mujer dejó de peinarse el cabello, y la miró con unos ojos verdes tan tristes que sintió ganas de llorar. Sabía que vendrías, le dijo. Nadie más nos creyó. A ella se la llevaron, diciendo que estaba desquiciada, que nunca despertarías, y por eso la tristeza lo había llenado todo. A mi me dejaron porque le prometí que te esperaría, para acompañarte, para cuidarte. Pataleé, grité, arañé, y hasta fingí que creía tu muerte. Al final me dieron por perdida y me dejaron aquí, peinándome los cabellos.
La abrazó, la tomó del brazo y empezó a caminar con ella. Ella estaba un poco aturdida, no sabía si debía negarse, pero no supo cómo. Así que caminó de su brazo, mientras ella iba destejiendo historias de aquella voz que le llegaba como en una caja de resonancia, amplificada, más grave seguramente. Contaba historias larguísimas, llenas de detalles intrascendentes, y ella descubrió que le gustaba perderse en la belleza auténtica de aquellos detalles.
Caminaron durante horas, o un par de minutos, no lo sabía con seguridad. Llegó la noche y se marchó, y no sentía cansancio, ni sed, ni hambre. El tiempo aquí es distinto, le dijo la mujer castaña. No se rige por las mismas normas que en cualquier otro lugar. Aquí hay días que duran un suspiro, y otros que son eternos. Como en cualquier sitio, supongo, solo que nosotros respetamos su duración real, ajenos al reloj.
Cuando se dio cuenta habían llegado al final del bosque. Ante ellas se presentaba una montaña altísima, inaccesible.
Apoyado en una roca encontraron al hombre. Era más joven que el primero, y su cara reflejaba hastío por el sufrimiento, por el dolor contenido. No pude acompañarla más allá. Pero me dejó esta cuerda. Está hecha de esperanza. Os ayudará a escalar la montaña si estais decididas a ello.
Cogieron la cuerda, bebieron agua de una pequeña fuente y continuaron el camino. Con aquella cuerda todo parecía más fácil, todo parecía posible. Cuando llegaron a la cumbre, les pareció que el esfuerzo no había sido tan insoportable como lo suponían, y que había valido la pena.
Descendieron con destreza, y al pie de la montaña encontraron una pequeña casa que irradiaba luz por las ventanas, y por la puerta entreabierta. Se acercaron y percibió un aroma, distinto por completo a aquel que recordaba, pero idéntico al mismo tiempo. En la puerta había una mujer. ¡Habeis venido! Se alegrará de veros. Estaba segura de que llegaríais. No atendió a nadie cuando le decían que no sabríais llegar. No entro porque no soporto su luz. En realidad casi nadie la soporta. Es demasiado bella, demasiado luminosa. Tanto que duele.
Entraron y aquella mujer bella, luminosa, las abrazó con lágrimas en los ojos. Y cuando habló, ella notó la voz recorriendo su columna vertebral, llegando a cada órgano, y la escuchó con todo su ser. Tanto amor, tanta dulzura no cabrían en ninguna letra. Hay historias que es mejor no encerrarlas, no encorsetarlas al verbalizarlas.



¿Y le dijo su nombre? Claro, claro que le dijo su nombre. Y era igual al mio.



miércoles, 2 de enero de 2013

Mirando al pasado


Hablo tanto del pasado que parece que me he instalado a vivir en él. No es eso, ni mucho menos. Intento mirar hacia el futuro, avanzar, aunque mis pasos son tan pequeños que parece que no me muevo.
Hace 20 años mantenía una lucha contra mi misma, a muerte. Era cruel y encarnizada, y tenía todas las de ganar, o perder, porque mi contrincante era yo. Sobre todo luchaba contra mi cuerpo.
Gané, vencí. Me costó pero volví del infierno. Y la vida no era rosa. Seguía subiendo y bajando, pero era una superviviente. Gané. Sobreviví. Hay guerras que nunca acaban, y lo recuerdo aun a veces, cuando la yo del espejo me sonríe con crueldad. Pero sobreviví.
Y entonces apareció él para salvarme de mi misma. Yo ya me había salvado, pero no supe verlo. Dejé que me hiciese creer que yo era el problema, que todo en mi estaba mal. Estaba mal ver que el mundo era un lugar cruel e inhóspito. Estaba mal estar triste a veces, estaba mal mi música, estaba mal cómo me vestía, como hablaba. Pero sobre todo estaba mal mi origen. Soy de un lugar pequeño, aunque casi nunca viví allí. Pero era mi lugar en el mundo. Allí la gente es un poco arisca, no se andan con pamplinas, ni gilipolleces. Y tienen un vocabulario peculiar, que algún estudioso ha recogido en varios libros.
Todo eso era terrible. No podía hablar como ellos, me tenía que molestar. Sólo podía ir 2 veces al año. Bajar del coche, comer, subir al coche, de vuelta a la puta civilización. ¿Pasear por la naturaleza? Ni de coña. Nunca, jamás, lo más cerca un jardín. Y yo, con mis fotos de flores, de árboles, de líquenes, con mis herbarios, con mis guías de campo y mi carrera de bota,... me autoconvencí de que odiaba todo aquello, me disfracé de urbanita, de todo lo que no era. Me convertí en alguien que la Nuria de antes hubiese odiado. No se me permitía ni un resquicio de tristeza, las costuras bien cosidas, que no se vea el interior horrible. Me mordía el interior de las mejillas, o me clavaba las uñas en las palmas, y contenía la tristeza, y sonreía.
Y me creí feliz.
Pero echaba tanto de menos todo... Mis recuerdos, esos terribles y vergonzosos, mis lugares, esos salvajes y poco valiosos.
Y un año volví, casi por accidente. Y me descubrí feliz sin él Poco a poco recorrí lugares, escuché de nuevo rock, saludé a mis amigos, hablé con gente. Y me dí cuenta que ese lugar que siempre había buscado, que me hiciese sentir yo, segura, feliz,... siempre había estado allí, en esos parajes de mi infancia.
Un día, él, mi primer amor, mi eterno él nunca mio, mi ombligo-almohada, que también se alejó de nuestro lugar durante años, me preguntó por qué había dejado de ir. Pensé que lo odiaba, le contesté. Me sonrió, mirándome con sus ojos azules y me dijo: "ilusa". Eso fui, eso exactamente. Una ilusa, una imbécil.
Así que ahora intento recuperar mis recuerdos, mirar atrás con orgullo, reivindicar mi yo, reencontrarme. Por eso miro atrás, porque creo que es la única forma de poder seguir adelante.

Guiño a mi infancia. Y sí, soy de una aldea... ¿algún problema?








viernes, 28 de diciembre de 2012

Piñas, ruinas, memoria que se desvanece




Estos días volví a uno de los lugares de mi infancia y adolescencia. Son unas casas abandonadas a 3 kilómetros de mi lugar en el mundo. Antes vivían 2 ó 3 familias allí, pero yo no lo recuerdo habitado. Son unas casas en mitad de la montaña, un pozo, una nevera de esas antiguas, donde guardaban la nieve apretándola para que se compactase y aguantase más. Me gusta la forma de la cúpula de piedras, es de una belleza increíble, sencilla…
También había una balsa, pero hace demasiado que está seca. Y una fuente. De esa aun brota agua, pero de un agujero. Ya no está la fuente física que sí recuerdo, con su pequeño pilón de piedra, hoy escombros y hierbajos.


Durante años fue parte de mi ritual navideño, igual que ir a un pico cercano a buscar musgo para el belén que montaba con mi madre. Íbamos mi padre, mi hermana y yo a buscar piñas para adornar la casa. Hay 2 cedros preciosos, totalmente perdidos y fuera de lugar, en esa costumbre tan nuestra de llenar nuestra naturaleza de especies que no nos pertenecen. Esos árboles dan unas piñas increíblemente extrañas, perfectas, así que íbamos a buscarlas. Y de pino carrasco, que es el que hay en ese monte.
Pero mis recuerdos de ese sitio son sobre todo ajenos a mi familia. Era el sitio al que escapábamos en las tardes de verano, con las bicis y la merienda, cuando los padres no vivían paranoicos con los peligros de las carreteras. Algunas veces íbamos caminando, y a veces nos recogía algún coche. Me resulta todo tan lejano, tan ajeno. Si alguna de mis hijas hiciese alguna de esas cosas creo que me daría un ataque o algo similar. Y de repente me siento viejísima, miembro de una generación que vivió con mucha más libertad, tal vez con menos seguridad, aunque supongo que aparentemente, porque hoy hay muchos más riesgos, o tal vez sólo los veo como madre.
Buscábamos murciélagos, jugábamos a escondernos en las habitaciones vacías, temerosos a veces por la oscuridad, por los cuentos de fantasmas que habitaban aquellas paredes. Pero sobre todo por los falsos suelos. Es fácil caer en una bodega, en un silo a través del suelo deteriorado. Así murió un chico de mi pueblo hace demasiado tiempo. Pero vivíamos despreocupados, trepando a árboles, subiendo a tejados, colgándonos de vigas. Buscábamos egagrópilas de lechuza, para deshacerlas y recuperar esqueletos intactos de ratones, y otros pequeños animales. Éramos libres. No me recuerdo feliz. Pero en esos ratos lo era, estoy segura.
Después íbamos a hacer botellón, solo que no lo llamábamos así. Simplemente bebíamos, reíamos.
La última vez que fui allí con mis amigos tenía 16. Ya empezábamos a despedirnos de los veranos juntos, y éramos conscientes del final de algo, aunque no sabíamos exactamente de qué, ni en qué medida.  Bebimos, volvimos a escondernos, pero esta vez subían las apuestas. Si te encuentro chupito. Yo era muy buena escondiéndome. Había un árbol con el tronco hueco en el que me refugiaba desde niña. Me sentía parte del árbol. Él no nos encontraba, casi nunca nos encontraba, y bromeábamos con que lo hacía por los chupitos. Hasta que se desplomó y empezó a convulsionar. Hay enfermedades que se llevan como un estigma, como un castigo divino, así que sólo yo sabía qué coño le pasaba. No debes pasarte con los chupitos si tomas hasta 9 pastillas al día. No sé ni cómo llegamos al pueblo. Recuerdo la cara de su madre. ¿Por qué coño le has dejado beber? ¿Pero Nuria, cuánto ha bebido?
Éramos unos putos inconscientes. No sabía cuidar de mi misma, ¿cómo iba a saber cuidar de él?  Un susto, un maldito susto. Pero nunca volvimos.


Ahora mi árbol hueco yace en el suelo, un gigante caído. La casa no es más que paredes derrumbadas, no queda ni un techo. Las puertas arrancadas descansan en tierra, hartas de una vida de trabajo, de luchar contra el viento, el frío, la lluvia, y los críos que juegan a esconderse. Hay un pino caído en mitad de la balsa, ha arrastrado en su caída parte de los muros. Los restos de la vida doméstica allí aparecen esparcidos aquí y allá, desvencijados, a punto de desaparecer. La nevera se está hundiendo, por los agujeros de la cúpula se puede ver el fondo.


Volver a por piñas, e irte con el corazón encogido, con la tristeza de lo que dejé atrás, con los recuerdos desvencijados, derrumbados, a punto de desaparecer.
Trepé al cedro más alto, a hacer fotos de mi memoria que se difumina. Paseé por encima de mi árbol hueco, sintiendo una tristeza infinita al verlo majestuoso, vencido.
Volver, y sentir que el tiempo pasa. Que la naturaleza siempre gana. El terreno que los humanos le ganamos, ella lo recupera a poco que nos descuidemos. Bien por ella.


Salir, de Extremoduro
Counting Crows – Perfect Blue Buildings
Árboles, de El Hombre Viento... una letra cojonuda

sábado, 22 de diciembre de 2012

La soledad


La soledad, esa puta que hoy en un arrebato lésbico me besa en la boca, se ha mudado a mi vida. Hoy me abraza, me acaricia y me folla con amor, y con una pasión que casi no recordaba. Nota mental: demasiado tiempo sin sexo.
Hoy la soledad me acompaña, me habla, se entrega. Hoy la soledad es el frío en la calle, las ventanas de madera viejas mal cerradas, hinchadas por la humedad y el pasó del tiempo; la estufa de gas encendida, quemándome los pies, dejando que el frío se cuele por mi garganta; la alfombra llena de globos esperando que alguien les insufle vida; la lámpara arqueada, escualida, mal pintada; el cactus de plástico luchando por parecer de verdad, por su parcela de realidad en este cuarto; los sillones verdes cedidos;la cola, los folios, el libro abandonado porque intuyo cómo acaba y no soporto más finales tristes; el techo alejándose; las arañas, las arañas, las arañas; los opilones con sus largas patas de una fragilidad teatral, parecen robots aprendiendo a caminar, siempre a punto de tropezar y caer de bruces; los bongos; la caña; el gato rosa que maulla lastimero si lo aprietas; el suelo rugoso. El vino. El vino. Eso es todo. Falta de costumbre, supongo.
No, hoy la soledad no se siente sola. Está noche la amo sinceramente. Hoy todo parece más claro, mejor. Hoy he huido, y me he perdido en un valle, con un árbol casi desnudo lleno de lunas, regalos, luces absurdas.
Hoy soy. Hoy estoy. Hoy si que es Navidad.


Doctor Deseo – Ahora Que Estás Dormida

Pd: La soledad sólo es un estado de ánimo, y a veces no está tan mal. Nunca estoy 

jueves, 20 de diciembre de 2012

Feliz Navidad (o no, yo que sé)


Hace un año pensaba que todo acabaría en cuestión de días, pero pasa el tiempo, inexorable, y sigo en el mismo puto punto, estática, inmóvil, con los pies convertidos en piedra.
Cuando despierto, cada mañana, el rocío se ha helado en mis pestañas, y la escarcha me impide abrir los párpados. Sólo quiero ovillarme, y esperar a que todo acabe, a que todo pase.
Hacía años que no me encontraba tan invalidada, tan nada.
Me encanta la Navidad. Pero esta no. Esta es un maldito puto suicidio. Me asomo al abismo y me llega el eco de palabras que aun no he pronunciado.
Y sí, estoy triste. Jodidamente triste. Porque hace más de un año que no soy feliz. Y aun jode infinito.
¿Por qué me gustaba la Navidad? Trato de recordarlo para ver si recupero algo de cordura.
Me encanta la Navidad porque recuerdo más a la gente importante que se fue, y eso normalmente me hace feliz. Me siento más humana, más cerca de ellos.
Y sobre todo me gusta por él. Navidad siempre será él. Siempre se esforzaba por conseguir que creyese en la magia. Buscaba paja para los camellos, imitaba el sonido de las pisadas, las campanillas, todo. Cantaba, reía. Para mi él es la Navidad. Pero este puto año le echo tanto de menos que casi no puedo recordarlo.
Y sí, lloro letras. No puedo remediarlo. Me gustaría escribir cosas alegres, o cómicas, o lo que sea. Pero estos días sería traicionarme, mentirme, fingir. Y estoy tan cansada de fingir. En la vida real soy una madre que hace adornos de goma eva o de fieltro, que ríe, cuenta historias y sonríe mucho. Si aquí fingiese, no podría ser esa madre que mantiene la magia de la Navidad. Y no puedo permitírmelo.
Mi hija me pregunta si los Reyes existen, que Marta (una compañera de cole que tiene hermanos mayores) le ha dicho que no, que son los padres. Y yo tengo que esforzarme el triple, porque no es justo que pierda la magia a los 6 años.
Así que sí. Aquí estoy triste.
Así puedo hacer coronas navideñas para mi puerta para hacerlas felices. No hay otra forma. Si aquí finjo, no seré capaz de ser feliz con ellas. Estoy segura.
Y ahora voy a mostrarme. Nunca me habeis visto más que las manos, o la sombra. Esta soy yo. Con él. Y sí, mi aldea es muy pequeña, mi lugar en el mundo está demasiado perdido, lejos del mundanal ruido. Por eso lo amo.

Feliz Navidad. Lo será. Ahora mismo me pongo a ello.


Me pongo villancicos cañeros, y hago adornos, y galletas, y sonrío. Ahora sí. Ahora ya.


miércoles, 19 de diciembre de 2012

La vida se rie en nuestra cara (recuerdos)

 
Estas fechas siempre me hacen acordarme más de los que ya no están físicamente, pero nunca me abandonarán del todo, siempre estarán en mi recuerdo, en mi corazón, o donde quiera que se mantenga el amor. Mis muertos me visitan en sueños, y me atacan en recuerdos cuando estoy despierta. No les temo. Me da tristeza, sólo eso. Quieren luz, dice mi madre si le digo que sueño con muertos. A falta de velas les escribo, como forma de mantener el recuerdo.
Hacía tiempo que no pensaba en él. Es asombroso como el cerebro consigue crear una especie de ficción. Si no lo pienso bien, siempre me da la impresión de que sólo es que hace tiempo que no voy a su casa a visitarle.
Siempre me llamaba flaca, así que empecé a llamarle gordo. Y él me lo permitía, divertido, mientras decía que había invertido mucho tiempo y dinero en esa barriga como para querer perderla.
Tenía millones de amigos, porque era un buenazo, y un bromista nato. Novias no. Me costó un poco darme cuenta de que se rodeaba de mucha gente para evadir la soledad, de que siempre fingía estar de puta madre, aunque no lo estuviera. El alma de las fiestas, casi todas organizadas por él. El bromista, el payaso. Pero a veces,  cuando nadie miraba, parecía triste. Darse cuenta sólo era cuestión de observar. Un mal vicio, lo de observar. Cuando todo el mundo se había marchado, se sentaba a mi lado en el sillón, y aparecía claramente el poso de tristeza. Estoy cansado, flaca, sólo eso. No os vayais aun ¿Vemos un partido? Y ponía un partido de fútbol viejo, de cuando Maradona no era esa caricatura de si mismo.


La mayoría se quedaba con la imagen fácil de él, frívolo, putero, payaso, mal hablado, poco más. Le recuerdo contando la historia de cuando una puta metió medio cuerpo por la ventanilla del coche, y mientras con una mano le masturbaba, con la otra le robó la cartera. Y él estaba más frustrado por la paja inacabada que por el robo. Lo contaba como si fuese lo más normal del mundo. Su sentido del ridículo era opuesto al mio.
Pero era increible. Llamaba y decía algo como: "flaca hago una cena en casa, te he comprado mollejas y chinchulines". O me hacía un asado para mi cumpleaños. O me mandaba fotos viejas cuando intuía que estaba triste.
Recuerdo cada vez que le arreglaba algo del ordenador. Me miraba muerto de la risa, y preguntaba si era normal que la flaca hablase con el ordenador mientras lo usaba.
Una vez le pregunté por qué no se buscaba a alguien. Yo, me dijo, me jugué hace 20 años todo a una carta. Perdí. No vuelvo a jugar...
Tuvo una novia. Él quería casarse, y todo salió mal. Así que durante más de 20 años le estuvo guardando una especie de entre luto y fidelidad a aquella relación. Dejó todo y se vino a vivir a España. 20 años.




Un año viajó de vuelta a Argentina, la primera vez que volvía desde que murió su madre. Y reencontró el amor. Se encontró con aquella novia. Se había casado, había tenido hijos, se había divorciado. Surgió la chispa de nuevo. Cuando acabaron las vacaciones ya habían decidido ser felices. Ella empezó a gestionar los papeles para ella y su hija menor. Él volvió y empezó con la burocracia para la boda. En eso estaban.
Una semana antes de que ella viniese al muy cabrón le dio por morirse. Un ataque al corazón. Todo muy rápido. Muy solo.
La vida es muy hija de puta. Suena a broma pesada del destino. Puedo escuchar su risa.

Andrés Calamaro – Volver
Joaquin Sabina – Con La Frente Marchita

lunes, 17 de diciembre de 2012

Perdón por la tristeza

Perdón por la tristeza. No quería fastidiar a nadie, ni nada parecido. A veces la vida me entristece y no mido lo que escribo. Lo siento. Era una historia real. Me la guardaré para mi. Lo siento por los que la hayais leido.
Me retiro hasta que pase la tristeza.
A mi también me encantan las Navidades, pero estas son distintas. Nadie tiene culpa de mis circunstancias personales ni tiene por qué aguantarlas. Así que os dejo mi simulacro de árbol de Navidad en mi lugar en el mundo (es una rama de sabina y todos los adornos los he hecho con mis enanas, no todo es tristeza) y un video muy chulo.




Hasta luego.