jueves, 15 de mayo de 2014
Recuerdos...
jueves, 1 de mayo de 2014
Ahogarse en tristezas y que la vida te haga el boca a boca
Hasta que se suspendió la vista por la demanda de divorcio llevaba todo con sentido del humor, tenía bajones, pero pasaban enseguida. Desde que se suspendió el juicio he ido en caida libre. No recuerdo nunca, ni en la puta adolescencia, con todos los problemas que tuve, nada así. Nunca me había sentido tan invalidada por la tristeza. Sólo hubiese llorado, sólo eso, los dos últimos meses. Pero no puedo llorar. Porque es como abrir compuertas, no hay término medio, no son unas pocas lágrimas y seguir. No, si empezaba a llorar sabía que no podría parar. Pero cuando lloro me convierto en un monstruo, ojos hinchados, congestionada. Y no puedo trabajar así. Y mis hijas tampoco merecen ver tanta tristeza.
El último mes no he conseguido llegar ni a la mitad del objetivo de producción en mi trabajo. Lo intento, pero es como si hubiese olvidado cómo se hace.
Este es el post (siento compartir tanta tristeza): Sonríe chica triste.
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Esto era el post. Y juro que cada palabra es cierta. Imaginad cómo estaba.
Recibo una llamada para una entrevista de trabajo. Ni recuerdo cómo ha llegado mi currículum allí, pero qué más da. Voy a la entrevista: psicotécnico (nunca había hecho uno así, y me divirtió mucho, era como ir resolviendo acertijos, un misterio), dos "Reading", una carta en inglés, un test de personalidad y una carta en castellano.
En la entrevista un montón de niñas monas y yo, que debo ser de las mayores, y seguramente la menos maquillada. Acojonada, cada vez más acojonada.
Había una chica que se llamaba Nuria, y tenía mi primer apellido. Sonrío. Me gustan las casualidades.
A los dos días suena el teléfono. Quieren verme para una entrevista personal. Yo inmediatamente pienso que se han confundido de Nuria, siempre con la autoestima bien alta. Pero voy a la entrevista. Allí me dicen que les ha impresionado mi nivel de inglés (juas), diez sobre diez en los reading. ¿Sorprendida? dice una de las entrevistadoras. Y sigue la entrevista en inglés. Ahí queda patente lo oxidado que está mi inglés hablado. Les juro que yo en septiembre (cuando necesitan el inglés) vuelvo a mi nivel de inglés. Eras buena estudiante, ¿verdad Nuria? pregunta sonriendo. Yo me pongo roja, como si me hubiesen pillado copiando e intentase justificarme.
Hace cuatro años que les envié mi currículum.
Una llamada, cuando ya no la espero. Y de repente la vida decide besarme con lengua. Se abre una ventana de par en par. Tengo un trabajo. Un trabajo sin vender nada, sin objetivos. Un trabajo con alta en la seguridad social. Y si cuando acabé la facultad me hubiesen dicho que estaría dando saltos en mitad de una calle al escuchar que me contratan para trabajar de recepcionista me hubiese descojonado. Pero la vida ha cambiado mis expectativas.
Si supero los seis meses de prueba seré indefinida. Podré ser autosuficiente. No sé si alguien imagina qué significa esto para mi. Es la puerta hacia la libertad, hacia la salida.
Y pienso salir dando un portazo. Y que se joda Tristeza.
lunes, 28 de abril de 2014
No pensar, aunque la realidad nos golpee en la cara
Que los informes de pobreza infantil en España los han hecho organizaciones tan poco de izquierdas y radicales como Cáritas, coño.
viernes, 28 de marzo de 2014
Azalea (cuento)
Azalea era una nube feliz, siempre sonriente. Cuando era Azalea la que llovía todos sabían que era porque lloraba de la risa.
Le gustaba dejarse llevar por el viento, sobre todo por el que viene del mar, húmedo y con olor a salitre. Le hacía cosquillas, y le gustaba su sabor salado. Ese viento siempre la llenaba de lluvia, y entre las cosquillas y la humedad, Azalea siempre acababa lloviendo de la risa, lluvia en grandes gotas felices que regaban los campos, que limpiaban las aceras.
Pero lo que más le gustaba a Azalea era un pequeño pueblo de pescadores, junto al mar. En sus calles siempre había niños jugando, libres, alegres. Sus risas eran contagiosas. Las casas eran pequeñas, blancas, relucientes bajo el sol. Cada vez que podía, Azalea se acercaba a aquel pueblo, a observar a sus habitantes, a recorrer con la mirada sus calles estrechas empedradas.
Un día, Azalea pensó que hacía mucho que no visitaba su pequeño pueblo, y se dejó empujar por un viento que venía del norte. Casi pasó de lejos, porque no lo reconoció. ¿Cómo podía su pueblecito haber cambiado tanto?
De repente se encontró con un pueblo bullicioso, lleno de gente extraña con ropa colorida y cámaras de fotos colgando del cuello. Había coches por todas partes, bocinazos, gritos. Los niños andaban bien cogidos de las manos de sus padres, y no parecían muy alegres, y mucho menos libres.
Pero lo que más asombró a Azalea fueron los edificios. Al lado de las pequeñas casas, o hasta en lugar de las pequeñas casas, había edificios delgados y altísimos, cubiertos de cristales, que reflejaban la luz del sol y cegaban a Azalea.
Tan deslumbrada estaba por aquellos enormes espejos alargados que se quedó enganchada en la punta de uno de aquellos rascacielos.
Al principio no supo qué ocurría, quería huir, pero algo se lo impedía. Luego se dio cuenta de que estaba atrapada por aquel monstruo, y empezó a tirar y tirar, pero no conseguía más que desgarrarse por algunas partes, poco más. Así fue como Azalea lloró por primera vez en su vida de tristeza.
Lloró y lloró, descargando pequeñas y finísimas gotas de agua sobre aquel pueblo. Al principio los habitantes y los veraneantes lo agradecieron, tras semanas de agotador calor, pero pasaron los días y Azalea seguía llorando. Sus amigos los vientos venían para empujarla, pero sólo conseguían cargarla de más lluvia, que caía sin descanso. Las calles se inundaron, nadie podía tumbarse en la playa a tomar el sol, ni pasear por el pueblo tranquilamente, y mucho menos tomar algo con los amigos en una terraza. Entonces los turistas comenzaron a marcharse.
Cuando no quedó en el pueblo más que la gente que vivía todo el año, empezaron a preguntarse por qué no dejaba de llover. Y de repente se fijaron en la gran nube gris y triste que había en la punta de un edificio. Miles de nubes habían venido a ayudarla, pero al no conseguirlo, lloraban de tristeza con la pobre Azalea.
Los habitantes se dieron cuenta de que la culpa era de aquellos enormes edificios, y cuando los miraron bajo el cielo gris, ya no les parecían tan fantásticos, ni tan buena idea. Descubrieron que añoraban los días felices y tranquilos de antes de que se volviesen locos y construyesen más allá de lo imaginable.
Fue entonces cuando decidieron destruir todos aquellos edificios. Demolieron hasta el último, ese en el que estaba enganchada Azalea. Para cuando quedó libre, el pueblo era casi el que solía ser, y Azalea no podía dejar de sonreir, agradecida.
jueves, 20 de marzo de 2014
Perder toda fe
( Ya, ya, no habla de religión, más bien de desquiciarse. Igual tiene más que ver con la pérdida de fe en el amor, supongo)
Nota: La imagen no es por faltar el respeto. Es una tumba real del cementerio de mi lugar. No creeré, pero sigo visitando a mis muertos.
viernes, 28 de febrero de 2014
Una serie de catastróficas ...
A veces la vida parece empeñada en descojonarse en tu cara, y la hija de puta tiene un sentido del humor perverso, de esos que me encantan si no fuese porque viendolo desde dentro no tiene ni puta gracia. Es una especie de sucesión de hechos absurdos. Mi pequeña serie de catastróficas desdichas (sí, como aquella película que siempre me hace sonreir).
Yo solicité justicia gratuita, porque no puedo permitirme pagar un abogado, costas, etc. Al tiempo me asignaron a una abogada muy mona y muy absurda. Imbécil, eso también. Es una especie de pija que se hace la simpática, pero que usa muchos tecnicismos y habla demasiado rápido para que no sepas qué coño dice. Igual ni siquiera ella lo sabe.
Ella redactó un borrador de demanda. Yo, que no tengo ni idea, porque no tuve la feliz ocurrencia de estudiar derecho (no, yo tenía que ser poco previsora y poco práctica y estudiar biología, joder), le mandé a María el borrador. Ella puso el grito en el mail y me pidió que no le dejase presentar eso, que me dejaba en una situación penosa.
Llamadas a la inútil, a mi (también bastante inútil), y al final, desesperada, María decide redactar ella la demanda y convencer a la boba de que la presente. Ella, encantada de ahorrarse trabajo (eso sí, primero tuvo que resolver dudas sobre si podía pedir medidas cautelares ella misma, ay), presenta el trabajo de María como propio, y tan contenta.
Hasta aquí todo un poco absurdo, pero vale.
Fecha para la vista: 3 de marzo. Luz al final del puto tunel eterno.
Harta de no tener noticias llamo a mi querida letrada de oficio y me cuenta ("Ay, Nuria, a punto estaba de llamarte", como siempre que la llamo, juas) que igual no hay vista, que hay un jaleo de competencias.
María al rescate de nuevo. Me asesora, llama al juzgado,... Al final voy donde ella me dice y averiguo:
Mi abogada se equivocó de juzgado al presentar la demanda (aunque ella sigue convencida de que no, miles de explicaciones llenas de tecnicismos me ha dado, y si al final deciden que sí, hemos ahorrado tiempo, dice. Ayyyyyyyy). Vale, pensareis, pero en el juzgado no la admitirían. ¡Error! (horror).
El día que se presentó mi demanda la encargada de admitirla a trámite se rompió un pie (sí, ese mismo día), y se cogió la baja. Los compañeros estaban desbordados, se liaron porque no era lo que ellos hacían, o yo qué sé. La admitieron.
Bueno, pero alguien se daría cuenta. Pues no. O sí. El juez dio el visto bueno, el fiscal igual. Me dan fecha para la vista, informan a mi no-querido aun (y parece que hasta el fin de los tiempos) marido, que me dice que la retire, que yo le quiero. Pero al final solicita abogado viendo que yo no cedo. Su abogada, claro, es más útil que la mia, y dice "eh, que esta tía se ha equivocado de juzgado" (bueno, mucho más formal, pero eso).
Y aquí estoy. Jodida. Que me rompen a pedradas la luz del final del tunel, coño.
Menos mal que está María. Algo muy bueno he tenido que hacer para tenerla.
Ahora intentamos que me asignen otro abogado, a ver si este...
Y no, no os preocupeis. Estoy entera y bien, descojonada de la risa por tanta mala suerte.
Vida, te vas a tener que esforzar más en putearme para extirparme la risa. Es un defecto congénito. Venga, que te espero. Soy la de la sonrisa.





