miércoles, 20 de noviembre de 2013

El héroe de lo diminuto



Estás destinado a salvarme, le digo en uno de esos arranques de sinceridad tan inoportunos que sufro. Con media sonrisa me contesta: "Sí, en plan superhéroe." Y sé que lo dice con ironía, restándose importancia. Pero, qué coño, la importancia que tiene ese instante para mi se la otorgo yo. Sí, en plan superhéroe. El héroe de barba. El superhéroe de lo cotidiano, de lo diminuto, de eso que (casi) nadie ve.
Últimamente me rodean, los veo casi a diario.

Como ese niño que cuando su padre se niega a dedicarme un minuto, de forma un poco desagradable, me mira a los ojos y frena en seco, obligando al ogro gruñón y malhumorado que tira de él a parar. "Hola, yo me llamo Carlos", dice sonriendo. Yo le sonrío y contesto: "Hola Carlos, yo soy Nuria. ¿Te enseño una cosa muy chula?". Y levanto mi boli. En el extremo tiene un corazón que se ilumina cuando lo golpeas (oh, metáfora perfecta, juas).


 El niño lo mira con los ojos de asombro con que sólo miran los niños, sonriendo con todo el cuerpo. Y yo le sonrío. El padre me mira, asustado por si aprovecho para intentar convencerlo ahora que está parado. Pero Carlos no es una excusa. No le sonrío para aprovecharme. Le sonrío porque sólo él es mejor persona que casi todos los adultos que conozco. Le sonrío porque es mi superhéroe de lo diminuto.

Como ese tío que apenas te conoce y te saluda, se sienta contigo en la puerta de un hospital para ver cómo estás y pierde su tiempo, ese que sí vale, en echarte una mano.
Y yo, inmersa en el enésimo ultimátum, acostumbrada a caminar por la cuerda floja sin esperar una mano, me agarro a la que me tiende y le escucho sonriendo. Porque, joder, me ha hecho feliz. Durante media hora he vuelto a creer en el ser humano. Y cuelga el teléfono, una llamada importante, como si yo fuese lo más importante.
Y es cierto en ese instante eso que me explica de que cuando te abres a una persona es como abrir una presa. Es todo o nada. Abierto o cerrado. Para él no hay medias tintas, y cuando habla contigo te sientes el centro. Hace sentir a la gente especial, importante. Supongo que ahí reside su superpoder. Y cómo se agradece. Mi propósito para el resto de mi vida es intentar ser así.

Tengo gatitos superhéroes que me acompañan noches enteras cuando no quiero mostrar el miedo, porque soy una adulta y los adultos no sentimos eso (juas, juas, juas). Pero él lo ve, y se queda, siempre se queda, y consigue que ría, por encima del miedo, del hastío, de la tristeza.

Tengo una gatita que se ovilla conmigo, superheroina que siempre sabe cómo me siento y nunca me juzga.

Tengo una superheroina que acude en su caballo de cartón, con su espada de madera, a pelear mi guerra como si fuera suya, porque la siente suya.

Tengo superhéroes desconocidos, que me ofrecen su ayuda, su mano o una palabra, un mail preguntando si estoy bien. Y, coño, a veces no estoy bien, y al recibirlos todo cambia.

Como ese que deja comentarios cortisimos, pero me deja uno largo para mostrarme su aprecio.

Como ese que me pone marcas en la calzada para que no me pierda, y yo me siento Dorothy siguiendo las baldosas amarillas que él me va colocando, segura de que llegaré a ver al mago.
O aquel que firma siempre como "soy el del árbol", en un gesto de una ternura infinita, como si yo no supiese quién es. Y me recuerda a una canción de REM (tú siempre dices tu nombre cuando dejas un mensaje en el contestador, como si yo no fuese a saber que eres tú).

At My Most Beautiful by REM on Grooveshark

Como ese abrazo en una estación de tren. O una llamada el día de mi cumpleaños. O esas películas y libros recomendados.

O ese "te quiero" por whatsapp, inesperado y certero. Aquí, justo aquí, a la izquierda de mi pecho, ahí acertaste.


O un dibujo hecho para mi.

O que alguien abra tuiter para leerme cuando casi he desaparecido, y me mande café, sonrisas, canciones de Bunbury y chuches.

Como quien encuentra una canción perfecta, montaña rusa como yo, sólo para mi.

Como quien me rescata a base de café y ofreciéndose a susurrarme cuentos al oido cuando tengo fiebre.

Como quien me da consejos de marketing para un blog desconocido y casi moribundo mientras me hace reir.

Como esos mails sólo para mandarme un abrazo, un besazo, o un "¿Cómo estás?". Sabes que te confiaría mi vida.


Como esos dibujos con un "te quiero mami", o los corazones pintados en las manos, o el amor escrito con servilletas en el suelo.

Cariño. Creo que a veces olvidamos lo que genera, lo importante que puede llegar a ser ese diminuto gesto. Como llamarme así, como nadie más me llama.
Llenais mi vida de actos superheróicos y creo que ni os dais cuenta. Abrís ventanas al cielo. Y, no sé, me apetecía decíroslo.

 Gracias, en serio.


 Alguien se tambalea by El Hombre Viento on Grooveshark

martes, 5 de noviembre de 2013

Quien bien te quiere... los cojones

Siempre tuve mucho carácter, siempre. Era muy tímida, me daba miedo todo el mundo, pero cuando me enfadaba... Y me enfadaba. Mucho.
Borde es la palabra que más he escuchado desde bien pequeñita. Borde y rara. Ay, es que Nuria tiene ese carácter. Ufff, borde, borde, más imposible.
Hace un año y pico una compañera de trabajo me preguntó por qué me definía como borde. No lo eres para nada, me dijo. Pues cuentaselo a mi padre, contesté. Claro, me dijo, te lo han dicho tanto que al final asumiste que lo eras.
Ojalá lo fuese. Os lo juro. Ojalá fuese aquella adolescente enfadada con el mundo, borde y contestona. En algún lugar del camino dejé de contestar, de demostrar cualquier sentimiento que no fuese agradable, a tragar hiel y masticar enfados para que fuese más fácil tragarlos. Perdí la capacidad de expresar opiniones en voz alta si diferían lo más mínimo. Me convertí en una sombra. Me dejé el carácter en el bolsillo del pantalón que ya nunca usaba, y no supe recuperarlo.
Cuando dije hasta aquí mi madre se puso de su parte. Claro, yo ahora era eso adorable, callado y sin opinión. Era eso que no se enfadaba y lloraba a solas, eso siempre "feliz". No fuiste persona hasta conocerle, ahora dejarás de serlo. Eso dijo mi madre. Yo, convencida de que si la persona que más me tenía que querer opinaba eso todos creerían lo mismo, lloré. Mucho. Y le dije que no nos vería más, ni a mi ni a las enanas. Ya, hice mal, pero sentía como si me hubiesen arrancado en corazón, sentí que él tenía razón, que nadie me podía querer. Ni mi madre, pensé.
Ya, ya, muy dramático. Pues no sé, a mi me jodió infinitamente que mi madre tomase partido. Todo esto, dijo, pasa porque te ha consentido demasiado. Jajajaja Toma! Eso va a ser. Consentida, que rima con sometida. Y ahora lo pienso y me da la risa triste. Entonces no. Ni eso. Mantenía el tipo y luego lloraba a solas, o con mi hermana, mientras ella se cabreaba y decía burradas para hacerme reir.
Mi madre es muy buena, me ayuda tanto que no sé cómo agradecérselo. Pero le sigue creyendo, allí, al fondo, todo esto es culpa mia, porque soy un desastre, no sé cocinar, y no he hecho nunca lo suficiente. A la más mínima se le escapa la mujer tradicional y machista y yo soy la culpable por no ser una mujer como debe ser, como Dios manda. Y le dan igual las evidencias. Ya puede mentirles en su propia cara, llorando, mientras ellos saben que miente. Ya puede ver los vasos con agua y nuestros nombres dentro, la madera quemada con un lazo rojo, mi foto boca abajo, las cruces con fotos en los cajones. Ya puede saber por otros (mi palabra no es muy fiable) los desastres y las deudas. La culpa es mia, por no ser una señora de bien, por no seguir asintiendo a todo. Calladita estás más guapa Nuri. Y si además sonríes mejor.
Mi padre es distinto. Se opuso. No quería ni oir hablar de nada. Pero empezó a observar, a hablar conmigo. Un día me dijo que esta era yo. Esta eres tú, no eso que no era capaz de conducir, ni de hacer nada sola. Yo no te eduqué para depender de alguien. Eres lista Nuria. ¿Qué coño te pasó? ¿Cómo has dejado que te haga así de pequeña?
Y ya no ha habido ni un resquicio. Quiere darle de hostias. Quiere que acabe ya con todo y me separe.
Mi madre no. Mi madre monopoliza el dolor. Supongo que es difícil esto para ella. Está asustada, se siente frustrada. Yo lo entiendo. Pero... ¿y yo?
¿Qué he hecho yo para merecer esto?, repetía un día una y otra vez. ¿Y yo?
Hace poco nos dijo que si hubiese sabido esto no nos hubiese tenido. Mi hermana y yo nos miramos y nos dio la risa, por lo absurdo, por lo cruel.
Hoy me ha dicho que sufriría menos si yo viviese a mil kilómetros. Juas. Ojalá. Ojalá pudiese coger a las enanas y huir. Pero, ¿dónde?
Me recuerda constantemente que le dije aquello horrible. Pero ella no cree haberme dicho nada malo, nada. Eso cree.
Llevo un par de semanas (quizás más) invadida por la tristeza. No recuerdo nada igual desde la adolescencia. Y yo, que escribo compulsivamente cuando estoy triste, no he podido apenas escribir. Me faltan ganas, y cada vez que me pongo empiezo a llorar y no puedo parar. Pero no puedo permitírmelo. Ya vendo poco sin tener cara de monstruo de ojos hinchados. Y no puedo ser esa madre. No puedo. No pueden vivir acostumbradas a verme llorar.
Y no. No cuento esto por dar pena, o por llamar la atención, o por preocupar a nadie (aunque eso ya lo he hecho, disculpa j., y gracias por aguantar el tirón). Ya ha acudido parte del séptimo de caballería a ayudarme, porque encima todo lo de la demanda se retrasa. Estaba preparada para la parte difícil, para la lucha. No creía.que seguiría en el puto modo espera que me está matando. Gracias a que María está para asistirme y echarle broncas a mi abogada (y hacer el trabajo que ella no hace).
Escribo esto porque hoy he discutido con mi madre, y era esa maldita gota que le faltaba a mi puto vaso.
Y encima sigo sin ordenador, juas.
Pasará. Sonreiré. Reiré. Mírame vida hija de puta. Te estoy esperando. Pega aquí. Te espero.
¿Dónde acaba uno mismo y empieza a ser sólo una sombra (de lo que fue)?

miércoles, 23 de octubre de 2013

V y el dragón

Siento tener esto abandonado y lleno de pelusas, con los comentarios sin contestar (eso es lo que más me fastidia). Sigo sin ordenador, aunque ya he recuperado el router, juas. Con el móvil me está resultando difícil comentar, se borran y me desespero.
Grabé un cuento mientras lo inventaba para Valeria. Quería enviárselo a j., sé que le encantan. Como le ha gustado he decidido colgarlo.
La calidad es penosa, y es totalmente improvisado sobre la marcha. No es muy... pero me apetecía compartirlo. Sois mis niños, juas.

Valeria y el dragón

sábado, 12 de octubre de 2013

Explicación breve...

Sigo sin ordenador y mi móvil ha entrado en rebeldía. No me carga páginas, así que no puedo leer ni comentar. Es extraño porque las aplicaciones de correo y twitter funcionan bien. No es problema de cobertura. Es la tecnología, que se alía contra mi.
Mi karma sigue dándome de hostias (ahora se me ha roto el coche, juas, eso sí, me dio un ataque de risa en lugar de ponerme a llorar, fue como "¿Algo más?"), pero yo me pongo de pie, como uno de esos tentetieso. Me está sorprendiendo mi tolerancia a los golpes de suerte (jajaja). Venga vida hija de puta, lanza el siguiente derechazo, que en un ratito me tienes aquí de nuevo, rehecha y sonriéndote.
Vuestros comentarios me emocionaron tanto... Me hicisteis llorar, pero sonriendo. Sois geniales. Os contestaré uno a uno en cuanto la tecnología me lo permita. Algo genial he tenido que hacer para que seais tan increibles.
Vuestro cariño me ayuda a levantarme, de verdad.
He venido a mi lugar en el mundo y he conseguido hablar con el dueño de la casa. Es extraño porque casi nunca viene. Yo no había hablado con él. Le debemos mucho más dinero del que pensaba, pero me escuchó y me entendió. Fue genial. He pasado vergüenza, mucha, y me he puesto triste y nerviosa. Pero él me ha acabado diciendo que si le pago los gastos (luz, agua, etc) que debemos desde hace ¡dos años! el resto ya lo iremos arreglando. Dice que pagando gastos no tengo que irme inmediatamente, que necesitaré esto para lo que queda de proceso (juro que yo no lo mencioné) y que ya veremos cómo me va la vida y si al final tengo que dejar la casa o podemos renegociar condiciones.
Eso sí, dice, a ese menda no lo quiero volver a ver. Ya me tiene de darme largas hasta...
Al final por muy buen actor que seas se acaba despegando la máscara, se mueve y la gente lo nota. Espero.
Sigue siendo mucho dinero, pero puedo asumirlo aunque sea poco a poco.
¿Ves vida? Ya me he vuelto a poner de pie. Aquí te espero. ¿Qué golpe vas a usar ahora?
Pd: He salido a desayunar al patio y he descubierto que una gata y tres gatitos han adoptado mi casa como propia. No sé, me han hecho sonreir.

jueves, 10 de octubre de 2013

Cien euros compraban mi felicidad

Sigo sin ordenador. Me perdonais la entrada. Sé que no tengo de qué quejarme cuando hay gente pasando hambre. Pero duele. Duele del copón. Espero me disculpeis.

viernes, 4 de octubre de 2013

Cartas que nunca recuperaré, cartas que nunca olvidaré

Aviso: Esta entrada va a sonar a autobombo. No lo es. Lo que voy a enseñar dice mucho más de la persona que lo hizo que de mi.


No conservo apenas cartas de mi adolescencia, de cuando empezaba a vivir. Tampoco guardo mis diarios. Nunca entendí los celos por una vida que yo había tenido antes de conocerle. Pero fui tan estúpida que me deshice de todo, tire todo para evitar situaciones incómodas.


No guardo las cartas de mi primer novio, aquel que me escribía cartas cuando viajaba. Tenía 6 años más que yo, y su empeño fue subirme la autoestima. Quería que me quisiese, que fuese fuerte, que pudiese mantener la mirada. Creo que sólo consiguió que sea capaz de mantenerle la mirada a cualquiera, eso lo hago de puta madre. Lo otro... le quedó trabajo pendiente. O lo consiguió y luego la perdí.

No conservo las cartas de mis amigos que recibí aquel verano que pasé en Inglaterra. Había una que me habían escrito entre todos, en aquel primer verano lejos de ellos. Un párrafo de cada uno, todos, hasta los más duros. Recuerdo la felicidad que senti al recibir aquella carta, pero soy incapaz de recordar ni una frase, ni una puta frase.


No guardo las cartas de mi mejor amiga desde 3º de EGB hasta la universidad, la persona más tóxica que he conocido. Mi padre, la persona más tranquila que conozco, le pidió que no volviese cuando se metió con mis caderas y mi cuerpo delante de él. Yo estaba en una lucha difícil, delgada, casi tanto como ahora (no estoy tan delgada, pero había perdido peso de una forma insana), quizás más. Pero ella seguía con su crítica constante. Ahora que lo pienso, dejé a una persona hija de puta para unirme a otra. Muy lista no soy, no. Esas igual mejor no guardarlas.


No tengo las de uno de mis amigos. No tenía pareja cuando se fue a Ceuta a hacer la mili. Joder Nuri, no tengo a quien escribir. Escríbeme a mi, le dije yo. Se pasó la mili mandándome cartas llenas de dibujos, con chistes que me hacían reir a carcajadas. Mi padre las miraba receloso.


Hace un par de años encontré escondida en la casa de mis padres en el pueblo la caja de mis viejas Converse. Allí dentro había un pequeño diario, el primero que escribí, trolls, chupetes de plástico de mi vieja pulsera, entradas de discotecas, algunos mecheros (me encantan los mecheros, así que la gente me los regalaba, aunque nunca fumé), y un par de cartas. Una era de un chico que se despidió de mi con un "Te devolveré tu cinta de los Four non blondes cuando te odie menos". Cuando le veo no me saluda. Si voy con mi hermana saluda con un "Hola M (M es mi hermana)". Imagino que no recuperaré mi cinta. Da igual, me bajé el CD hace tiempo. La otra era de un amigo que conocí aquel verano en Inglaterra, alguien muy importante, a quien recuperé años después. Me hizo mucha ilusión encontrar esa carta justo en ese momento, justo en ese.



Un tuitero joven decía que nunca había recibido una carta. No sé, seré retro, pero a mi me encanta recibir cartas. Las puedes tocar, releer, son algo físico, con olor propio. Puedes acariciar recuerdos cuando ya sólo son eso. Son recuerdos importantes. Para mi lo son. Ahora las guardo con mimo. Aun hay gente que envía cartas. Me gusta ver la letra de las personas a las que quiero. La letra dice mucho de las personas. Ahora que lo pienso,... no sé cómo es tu letra. Imagino que nunca lo sabré. Moriría por saberlo.


Hace 5 años una amiga intuyó que estaba mal, supongo, y me hizo una carta preciosa. Recibí un sobre tamaño folio lleno de letras preciosas, humor y mucho amor. Algo muy bueno he tenido que hacer para que alguien se tomase el tiempo, el trabajo y la molestia de hacer algo así.


Últimamente los pequeños gestos de las personas que me rodean me rescatan. Ayer encontré esta carta. Y sí, me he vuelto a emocionar.


la carta (versión acústica) by Héroes del Silencio on Grooveshark My Friends by Red Hot Chili Peppers on Grooveshark

viernes, 27 de septiembre de 2013

Gente que cambia tu vida sin apenas darse cuenta



Llevo unos días raros. Están siendo duros pero a la vez están siendo extrañamente bellos.
Alguien a quien nunca he abrazado, ni mirado a los ojos viene a rescatarme sin pedir nada a cambio. Y de repente no importa que la justicia gratuita que solicité resultase ser de saldo, porque hay alguien capaz de hacer algo tan importante por mi, de salvarme. María, nunca sabré cómo agradecértelo lo suficiente. Así que decidme que lo que encuentras aquí no es real, que me río a carcajadas.


Llevo unos días también acojonada, sinceramente. El otro día vi a un vecino de mi barrio buscando en el contenedor de la puerta del supermercado. Tiene cuarenta y pocos. Sentada en la puerta estaba una niña de 5 ó 6 años, su hija. Son gente normal, los conozco de verlos transitar por los mismos lugares que yo recorro a diario. Nunca he hablado con él. Pero me dio una tristeza infinita ver los ojos de la niña, observando tranquila a su padre.

Hace unos meses vi a una mujer de unos 50 años, muy bien vestida, con un perro de raza sentado a su lado. Estaban sentados delante de un escaparate, en una tienda cara de mi ciudad. La mujer escondía la cabeza entre las rodillas, y sujetaba en la mano un vaso de café de plástico, mendigando unas monedas que para ella hasta hacía poco seguramente eran nada. Hace poco la vi, sentada en el mismo escaparate, un pañuelo a su lado mostraba las pulseras que estaba haciendo con alambre. Ya no escondía la cara. Adaptarse, supongo, todo es cuestión de adaptarse.


Hace unos días estaba trabajando cerca de un mercado de Valencia. Hace unos años lo rehabilitaron y lo poblaron de cafeterías de precios prohibitivos, donde van los estudiantes de una universidad privada cercana a tomar frappuccinos que cuestan 4,50. Las terrazas están llenas a diario. Me encanta ese mercado, pero desde que lo rehabilitaron (era ya imprescindible) se ha convertido en un lugar al que no me siento cómoda entrando. Todos pasan por mi lado sin verme. ¿Me regalas un minuto? pregunto a un hombre. No tengo, contesta taxativo. Búscate en el bolsillo del tiempo, seguro que tienes alguno que regalarme, le digo. Y me mira como si estuviese loca, viéndome de verdad por primera vez. Creo que antes ni existía en su mundo de prisas.


En una de las aceras se sentó un padre con su hijo. Sacó una caja, y una bolsa llena de papeles. El padre se afanaba doblando papelitos mientras el hijo se tomaba un zumo que le dio una mujer que pasaba con el carro de la compra. Vendían cosas hechas de papel para alimentarse. Me pareció desesperado y tierno. Me quedé un rato observádoles de lejos. El padre trataba con un cariño enorme al niño. Eran gente normal, lo juro, eran como nosotros. Y me dio vértigo y miedo. Pánico. Me vi haciendo ratoncitos. ¿Y quién coño iba a comprar mis ratoncitos de papel? Pánico.
Los nuevos pobres se sienten tan cercanos, tan parecidos,... Asusta. Mucho.

Y encima sigue mi mala racha en el trabajo. Y no, no es cosa de la crisis, soy yo. Soy jodidamente irregular. Tengo días gloriosos en los que convenzo a cualquiera. Tengo días penosos que no consigo ni que me vean. Últimamente me levanto con superpoderes, el de la invisibilidad en concreto, y la gente pasa por mi lado sin percatarse siquiera de que les digo buenos días.


Hace más de un año tuve una racha así. Trabajaba para otra ONG. Un día estaba derrotada, vencida por completo. Me senté en el borde de un macetero, la carpeta en las rodillas. Jeremías se acercó. Trabaja para otra ONG, es el mejor captador que he visto nunca. Había oido hablar de él. Se acercó y me preguntó qué tal me iba. No muy bien, contesté ahogando las lágrimas. Se sentó, habló conmigo, me dio consejos. Durante más o menos una hora se dedicó a rehacerme. Me regaló una pulsera que desde entonces usaba como talismán, de su ONG. La perdí hace poco. Trabajaba un par de días a la semana, me contó, y el resto del tiempo se dedicaba a vivir, a su música. Soy músico, me dijo. El Hombre Viento. Ya he colgado varias veces canciones de él. Sus letras son... Es como escuchar recitar poesía.

Marcó una diferencia, a partir de ese día remonté, me fue muy bien un par de meses seguidos. Convencía a cualquiera. Recordaba a menudo consejos que me había dado, frases concretas. Ojalá las recordase mejor.
Él ni siquiera me recuerda, fue una conversación más. Hoy me lo he cruzado en la calle, le he mirado a los ojos y no, no me recuerda. Da igual, a todos nos ha pasado eso, seguro. Conversaciones que no recordamos, palabras que no fueron nada, gestos sin importancia que marcaron para alguien la diferencia. Como las líneas en la calzada que te pone alguien, como un abrazo largo.

Cuando era pequeña regalé una de mis muñecas a una niña el día de Reyes. No lo recordaría, os lo juro. No fue nada importante. Su abuela dijo que no le había podido pedir nada a los Reyes y yo hice algo diminuto, sin importancia. Lo recuerdo porque cada vez que me encuentro a esa señora me abraza y me lo recuerda.
Gestos sin importancia que para alguien son importantes.


Hoy estaba desesperada, puta mala racha, y he hecho algo terrible. Me he parado en una calle llena de captadores para intentar que me parasen, para ver cómo lo hacían. Pero los captadores no me paran, debo tener pinta de pobre insolidaria, nunca me paran. Al final me he quedado de pie al lado de un grupo de chicos de la misma ONG que ese captador que fue importante. Son los mejores. Uno se ha acercado. No voy a colaborar, le he dicho. Pero él ha hecho todo lo posible para convencerme. Dan ganas de abrazarte, me ha dicho. Me ha hecho reir. Pero no puedo colaborar. Él insistía. Al final ha desistido, y se ha alejado entre frustrado y cabreado, pero disimulando con una broma. Lo peor es que no tendré tu teléfono, me ha dicho. A veces fingen que les interesas, imagino.

Me he quedado sentada en un banco, esperando a mi compañera. Y le veía ahí, le imaginaba preguntándose qué había hecho mal. Joder, no soy capaz de imaginarme cruel, así que le he escrito una nota explicándole que era captadora, que tenía una mala racha y necesitaba ver a alguien convencer, para ver si recuperaba la fe. Me disculpaba. Me he acercado y se la he dado justo cuando llegaba mi compañera. Me daba vergüenza explicárselo mirándole a los ojos. Soy una cobarde. Nos hemos alejado caminando, y de repente nos ha alcanzado corriendo. No te has despedido, me ha dicho. Me ha abrazado y me ha dicho al oido que todo puede cambiar. Y se ha alejado.
Joder. Nunca sabrá lo importante que ha sido hoy ese abrazo. Yo, que nunca abrazo a gente a la que no quiero, con mi pánico al contacto físico con desconocidos. Pero hoy lo necesitaba, sí. Nunca lo sabrá, pero hoy me ha rescatado.