miércoles, 12 de febrero de 2014

Que treinta años no es nada




Los que lleváis tiempo por aquí ya me habéis leído sobre mi abuelo. Al final acabo escribiendo siempre sobre las mismas cosas.
Mi abuelo murió cuando yo tenía 8 años, él 63. Se marchó, el muy cabrón y me dejó huérfana de vida. Nunca nadie me entendió como él, nunca tuve esa conexión con nadie.

No era una persona fácil, se empeñan en decirme. Me cuentan historias para apoyar lo duro que fue. Hijo de puta, eso le he oído llamarle a mi tía. Tendrá sus razones, las escucho y la entiendo. Pero cada uno vive las cosas según las siente, y conmigo siempre fue la persona más increíble del mundo. Nunca hay una única versión de las historias. Las cosas suceden, pero no son las mismas para ti que para mi. Nunca las viviremos igual, nunca las contaremos igual.

Mi abuelo estuvo en la guerra, sufrió, dicen. Lo único que le escuché contar al respecto fue que cuando llegaron, vencidos y famélicos, creyeron que podrían comer hasta saciar el hambre acumulada durante meses, pero no podían comer. Apenas comían algo sólido vomitaban, desacostumbrado el estómago como lo tenían. Me contó que había estado quince días comiendo sopa que se hacía con algo parecido a los canónigos que cogía a la orilla de un río. Si miraba al cielo me caía de espaldas, me contó entre carcajadas. Siempre fue capaz de reírse de sus desgracias, de reir a carcajadas por puta que se pusiese la vida. Creo que es la mejor herencia que me dejó, aparte de mis manos y la espalda ancha. No heredé sus ojos azules, ni su pelo rubio. Los remolinos sí, puto pelo rebelde.

También heredé su melancolía, creo. Y decían que el mal genio. Si me viese ahora lloraría conmigo por mi falta de carácter. O me daría de hostias. O le daría de hostias a él hasta sacarlo de mi vida. Siempre tuvo un carácter fuerte. Enfadado daba miedo. Eso decían. A mi no. Yo lo admiraba más cuando ponía a alguien en su lugar sin ni siquiera perder los nervios. Su voz sonaba a tempestad. Nunca le hizo falta elevarla demasiado.
Sufrió una vida de mierda. Perdió a tres hijos, dos de ellos inválidos, presas de una enfermedad degenerativa que acabó con ellos en la adolescencia. Perdió al amor de su vida pronto.
Pero siempre se buscó la vida. Era un superviviente.

 
Le recuerdo regando el suelo de tierra de su casa, jugando a las cartas junto a la chimenea, empeñado en enseñarme trucos, guiños, reglas que saltar. Si no se hubiese muerto llevándose mis ganas de jugar a las cartas ahora seguramente podría vivir de ello. Pero aquella puta tarde, mientras esperaba a que se lo llevasen sentada en aquel tronco muerto, acariciando la cabeza de su perro, supe que nunca más podría jugar. Ni sonreir igual. Nunca nadie me hizo sentir tan segura y valiosa. Nunca nadie me cantó La Zarzamora con la risa y el llanto en la voz.

Durante años fui la vergüenza de mi familia, nunca supe comportarme como esperaban. La mayor parte del tiempo ni sabía qué coño esperaban de mi. El día de Todos los Santos me obligaban a vestirme de domingo y fingir ser otra en la misa de difuntos. Un año no pude más con el teatro e hice lo que siempre hacía cuando iba sola al cementerio. Me senté en la tumba de mi abuelo y hablé con él, riendo al contarle lo mal que lo pasaba en el instituto. Sentía como cuando me sentaba en sus rodillas y me cantaba. Al año siguiente mi padre me dijo que si no quería ir podía quedarme en casa. Casi me lo suplicó. Nunca más volví en fechas señaladas. Cuando voy me sigo sentando en sus rodillas y contándole mis miserias con una sonrisa.

Hoy me han dicho que seguramente la vista para el divorcio se suspenda. Problemas burocráticos. Y a mi, como cada vez que la puta vida aprieta, me ha dado por pensar en él.

Hoy te echo jodidamente de menos. Hay heridas que el tiempo no cura. Tal vez no se vean. Tal vez las escondamos porque nos parece absurdo que 30 años después sigan abiertas. Pero lo están. Joder si lo están.

domingo, 19 de enero de 2014

Caos, tristeza y risa



No sé exactamente qué escribir. Tengo un caos mental y necesito ponerle orden, así que no respondo de lo que resulte.



Llevo unos días extrañamente tranquila. He estado jodida. Pero jodida de verdad, con una tristeza que me sobrepasaba. No recordaba nada parecido. Era como si me hubiesen robado las fuerzas. En parte por eso he estado más ausente aquí.
Y de repente, sin motivo (o sí, creo que el motivo fue una notificación judicial) me siento entera, tranquila, fuerte. No me atrevo a decirlo en voz alta, que yo siempre fui montaña rusa. Pero es como si en este momento hubiese un poco de paz. Y eso que os juro que no hay  demasiados motivos, porque la situación en mi vida se tensa por instantes, mi casa es un sitio hostil, y sigo en la cuerda floja en el trabajo. Igual. Todo igual. Tal vez es que me he vuelto loca y he perdido el sentido común y por eso no ando llorando por los rincones. Tal vez.

Y mientras veo la vida pasar, con una mezcla de tristeza, desesperanza y hastío. Porque la realidad a veces se me clava como esquirlas, y las historias me golpean.

Como la de ese hombre que conocí (no sé si ya os he hablado de él) que para amablemente y me mira con sus ojos azules y una tristeza infinita. Me escucha atento y después me cuenta: Ojalá pudiese ayudar, me dice. Ojalá. Pero es que no tengo nada, nada. Estoy enfermo y no tengo nada. Soy diabético, tomo un montón de pastillas al día. 19. Yo sólo quiero trabajar, sólo eso. Si yo trabajaba, ¿sabes? Créeme. ¿Me crees? Y yo asiento, casi sin voz. Tuve un accidente y me quedé mal. Tengo una minusvalía. Y epilepsia, por el accidente. Yo sólo quiero trabajar, pero no puedo, porque me despisto. A veces me quedo como mareado, y no me acuerdo bien de las cosas, y me desoriento. ¿Me crees, verdad? Y me enseña sus papeles, queriendo justificarse, abre la carpeta y me enseña informes médicos y los certificados de la minusvalía. Estoy en tratamiento psiquiátrico. Dormir en la calle es muy duro niña. 

Y yo aquí muero un poco, porque me parece increíble, porque querría salir corriendo, cerrar los ojos, abrazarle, algo. Porque es inhumano que alguien así duerma en la calle. Antes dormía en un albergue, pero era peor, ¿sabes? No me acostumbraba. Hay gente mala. Pero yo no he nacido para dormir en la calle. Soy de una familia de trabajadores. Yo sólo querría trabajar. La otra noche me intentaron robar la bolsa, dice. Abre un bolso pequeño, lleno de frascos y cajas de pastillas. ¿Y si me roban? ¿Qué hago si me roban? Lo de la nevera ni lo tengo, claro, si no tengo dónde dejarlo. Ahora me voy a ver si me invita el del bar a un café y así me tomo las pastillas. Y yo saco 2 euros. No, no, no, niña, no quiero caridad. 

No es caridad, lo juro. Es egoísmo puro y duro. Si no le doy los dos euros me muero. Necesito hacer algo. Y lo que hago es una mierda, lo sé, pero necesito hacer algo. 

No es caridad, le digo. Te invito a un café. A ver si la próxima vez que nos veamos me puedes invitar tú, ¿hace?
Y coge los dos euros bajando la vista y me avergüenzo de mi, por no poder hacer más, por darle putas migajas.

Están gestionando a ver si me dan una paga, me dice. Pero yo lo único que quiero es no dormir en la calle. La calle de noche no es como ahora, me da miedo. Muchas veces miro al cielo y le digo a mi madre que por qué no me lleva. Es que a veces no tengo ganas de seguir.

A veces…
A veces. Y yo lo pienso, y yo seguramente no tendría nunca. A veces. O sí. Es el puto instinto de supervivencia, que no atiende a ninguna lógica.



Paro a un hombre, sonrío. Tengo una mañana de mierda. Mi compañera me mira y me dice que menos mal que estamos juntas y podemos reírnos a pesar de que la mañana es así. Una mañana así sola…
Paro al hombre: ¿Tiene un minutito? Estamos haciendo una campaña, y si me permite le explico lo que hacemos. Tú, tú, tú, grita. ¿Tú qué derecho tienes a molestarme? ¿Tú tienes puñetera idea de mi situación? Claro, vosotras aquí, tranquilamente, molestando, jodiendo. ¿Tú qué coño sabes?

Y yo lo miro, y tiene razón, no tengo ni puta idea. Y, joder, debe estar pasándolo mal. Así que le contesto que no se preocupe, que mucho ánimo, que mejore todo. Pero él sigue gritándome. Él sigue con su monólogo, acercándose, haciendo aspavientos con la mano.

Y de repente me sobrepasa. Se me ha estropeado el coche. Él no tiene la culpa, pero se me ha estropeado el coche, y era lo que me faltaba, el puto coche. Y este mes de mierda. Y de repente no sé de dónde sale, pero una Nuria que ya no recordaba le toca levemente el codo, se acerca, y en el tono más tranquilo posible la escucho decir “mire caballero, yo le he pedido un minuto, no le he exigido nada. Se lo he pedido sonriendo. No quiere, pues no pare. Pero no me grite. No me grite. No, no tengo ni idea de su situación. Usted tampoco la tiene de la mia. Así que no me grite y continúe su camino.”

Mi compañera me mira. No sabe si aplaudirme o esconderse, creo.
Yo me siento la peor persona del mundo. Y a la vez me siento bien, porque he sido correcta. Porque he aguantado el enfrentamiento sin asustarme. Hace unos meses un ratoncito asustado se hubiese ido a llorar al baño, seguramente.

Y después seguimos, y nos reimos de tonterías. Será que este trabajo te curte. Será que la risa nos rescata.

Si no fuese capaz de reir a pesar de los dramas que me cuentan, o de las broncas, o de la puta crisis, que empieza a echarme su aliento pútrido en la nuca,… Yo creo que es lo que me mantiene así, un poco loca pero entera. La risa y el cariño. Cada vez que recibo un mail, un comentario, cada vez que un amigo me llama, cada vez que mis amigas me rescatan para tomar una cerveza, cada pequeño gesto. No os imaginais lo enormes que son para mi. Un mail, un besazo, y la sonrisa queda anclada a la cara, y ya no hay quien la mueva en todo el día. Así que gracias.


Y os dejo con un gasto muy útil de Generalitat. Teniendo en cuenta que esto es Valencia, donde casi nunca llueve, y están recortando de sanidad lo irrecortable (no imaginais la cantidad de centros de salud que no tienen ni jabón, ni papel higiénico, por ejemplo), pues es muy lógico. El gasto en un secaparaguas aquí es imprescindible, por supuesto. Juas. Ay. De lo absurdo me hizo hasta gracia.


Where Did You Sleep Last Night? by Nirvana on Grooveshark   Nirvana - Where did you sleep last night?

viernes, 10 de enero de 2014

Conversaciones con un muro (de nuevo)


 Me avisa de que me pedirá que le pague un alquiler, que no tiene ingresos. Yo trago saliva, sonrío, y me sorprendo a mi misma contestándole que eso de que no tiene ingresos es legalmente, que la realidad es otra. No estoy acostumbrada a rebatirle sin perder la voz. Veinte años de falta de costumbre. Veinte años sin llevar la contraria, sin discutir.

Él sabe que no estoy segura, dice, que sigo adelante por mi orgullo, porque me comen la cabeza. ¿Quién? Gente. ¿Qué gente? Gente.
Yo sé lo que sientes, dice. Sé que me quieres, dice. No tienes ni idea, contesto. No te quiero, no es orgullo. No te quiero.
Es que hacemos infeliz a mucha gente. ¿A quién? A gente. ¿Qué gente? Gente. Están sufriendo, dice. Mucha gente sufre por esto. ¿Y quieres ser infeliz toda una puta vida para no hacer sufrir a "gente"? No, no, yo no quiero seguir así. Quiero que te la juegues por mi, como te la jugabas, como yo... Y le miro, y no es capaz de seguir. Bueno, como yo me jugaría ahora, dice. Ahora es tarde. Orgullo. No, no te quiero.

Te conozco, dice. Veinte años, te conozco. Sé lo que sientes, dice. No tienes ni puta idea. No sabes quién soy. No soy la misma. Me estoy encontrando. No soy la misma.

Podemos romper los papeles. Podemos intentarlo, dice. No. ¿Por qué? Porque yo no quiero. Orgullo, dice.

Y lo mal que lo he pasado, dice. Me amenazaban, ¿sabes? Me han estado haciendo la vida imposible, dice. ¿Quién? Gente. ¿Qué gente? Gente. Y ahí a mi se me escapa la risa. Es todo tan absurdo.

Mira, esto no lleva a ningún sitio. No te entiendo, no sé de qué hablas. ¿Por qué? pregunta. Gente, gente, gente, ¿qué gente?, gente, contesto. ¿Tú entenderías algo? ¿Yo? Yo lo tengo claro, hablo claro.

Entonces... ¿qué hacemos? ¿Qué quieres hacer? ¿Seguimos adelante como una familia? ¿Rompemos los papeles?

No, no, no. Quiero que tu abogada llame a la mia. ¿Estás segura? Sí. No te avisaré más, no preguntaré más. Ojalá.



Absurdo, absurdo, absurdo. Todo. Hablar con un puto muro. Golpearme una y otra vez contra el mismo puto muro. Aunque juraría que hoy le he visto desconchones, alguna piedra que se movía.

another brick in the wall by Pink Floy on Grooveshark

Me perdonais la ira, la tristeza. No había escrito hasta hoy para no llenar esto de tristeza, pero es que hoy necesito escribir esto, antes de que intente convencerme de que él no ha dicho esas cosas. Antes de que finja que hablo sola e imagino cosas.


viernes, 13 de diciembre de 2013

Feliz Navidad (por si acaso)



Creo que ya os habeis dado cuenta de que me gusta la Navidad. Me gusta recordar a los que ya no están, más incluso de lo habitual. Me gusta ver a la familia, me gusta que la gente me sonría al desearme feliz Navidad. Y, qué coño, me gustan los villancicos. No, no esos que suenan chillones en los centros comerciales. Me gustan las versiones raras. Cuando tenía Facebook me pasaba todo diciembre colgando versiones rock o punk de villancicos. Y sobre todo me gusta cantarlos.

El otro día entraba yo canturreando un villancico a la carpa de la Navidad que hay en una plaza de Valencia. De repente un señor muy serio, trabajador de los grandes almacenes que montan la carpa, se puso a cantar conmigo. Eso. Eso es la Navidad.

Estos días, que ando a golpes con las preocupaciones y la tristeza, canto villancicos para mantener la sonrisa. A veces hasta bailo.

Hace un par de días un tuitero decía que odiaba los villancicos. Eso es porque no has visto mi versión punk del "White Christmas", contesté yo. Y como he perdido la vergüenza, y a diario canto villancicos en la calle cuando la gente no me hace caso en el trabajo... Pues le grabé un trozo y lo subí a Youtube. Ay, he perdido la cabeza. Algunos ya lo habeis visto. En breve supongo que lo borraré, pero os lo dejo para que os riais un rato, para que me conozcais un poco (y podais huir), y sobre todo para desearos feliz Navidad, que se acerca el cierre de mes en el trabajo, y (para variar) llevo el mes penoso tirando a patético, y no sé si tendré mucho tiempo para felicitaciones. Ay.





Se lo dedico a @Borja_killjoy, a ver si ahora sí le gustan los villancicos (o los odia más).

Con los escombros de sueños me construyo ilusiones

Pensaba escribir algo sobre alguien que he conocido hoy. Algo jodidamente triste, de esas cosas que son tan asquerosamente reales que te destrozan por dentro. Pero hoy no puedo con tanta tristeza, no me apetece.
Pensamos que tenemos toda la vida, que podremos hacer las cosas que deseamos y tal vez no nos atrevemos, que tendremos tiempo para decir te quiero, o para corregir los errores. Pero a veces no es tan sencillo.
Creemos que con borrar un par de putas palabras todo se olvida. Pero eso no hace que desaparezca el dolor, ni lo que se ha roto se vuelve a recomponer.
¿Has intentado arreglar un espejo que ha estallado en mil pedazos? No se puede, siempre faltará alguna esquirla, los trozos no unirán bien, se notarán los bordes por los que unen los pedazos.
Pero sigo caminando. Recojo mis trocitos y me recompongo, y soy como un puzle. Nunca seré un todo, una imagen entera. Pero me agacho, recojo las piezas y me las vuelvo a poner. Y sigo caminando a pesar de todo.
Me duermo llorando, y cuando me despierta mi hija pequeña, cantándome un villancico en valenciano con su eterna lengua de trapo, me río a carcajadas en la cara de la vida. Y no, no finjo ser feliz. En ese momento soy jodidamente feliz.
Porque yo con los escombros de los sueños destruidos construyo nuevas ilusiones.
Mi nuevo compañero de trabajo, un gilipollas prepotente que se cree irresistible, dice que su hija de tres años ya sabe que los Reyes Magos no existen, que son los papis y los yayos. Dice que tiene que ir acostumbrándose a la realidad. Yo creo que ya tendrán tiempo de ver lo puta que puede ser la realidad, ya habrá tiempo para que la vida hija de puta las golpee y se tengan que acostumbrar.
Yo quiero que mis hijas crean en dragones, en princesas (de las valientes que no esperan a ser rescatadas, eso sí), en hadas, en magia, en los Reyes magos. Quiero que crean y me esfuerzo. Así que recojo mi tristeza y adorno árboles, hago adornos, bolas de Navidad, canto villancicos, escondo regalos.
Cuando era pequeña mi abuelo la víspera de Reyes llenaba un cesto de esparto de paja para los camellos, y cuando anochecía mi tía hacía ruido de cascos en la calle, mientras nosotras, pensando que eran los Reyes que se acercaban nos acostábamos nerviosas, expectantes, emocionadas. Y al día siguiente observábamos felices cómo el cesto se había vaciado de paja y en su lugar había monedas y dulces. Y recuerdo la emoción de abrir los regalos, la felicidad al descubrir un nuevo libro, o la decepción al ver que nunca me traían el juego de química que cada año pedía. Y la magia. Recuerdo sobre todo la magia.
Porque la magia existía, como después de unos años, cuando echaba de menos las estrellas, y a él, sobre todo a él, y mi hermana me regaló un planetario de juguete. Apagábamos la luz, nos tumbábamos en la cama y mirábamos el techo estrellado, soñando que estábamos tumbadas en la carretera en nuestro lugar en el mundo, observando las estrellas. Se perdió en un traslado. Hoy moriría por un techo estrellado.
Yo intento mantener alejada a la realidad, construyo una muralla de cuentos que mantenga fuera a la vida cabrona, para que rían felices, creyendo que todo es posible. Así que creo magia, ilusiones, para que cuando pasen los años, y la vida se ponga hija de puta y duela, mis hijas tengan recuerdos mágicos que les sirvan de escudo, o de espada, o que abriguen en las noches tristes.
Dadme sueños rotos, despedazadme los mios que yo con los escombros construyo ilusiones. Y que se joda la vida.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

El héroe de lo diminuto



Estás destinado a salvarme, le digo en uno de esos arranques de sinceridad tan inoportunos que sufro. Con media sonrisa me contesta: "Sí, en plan superhéroe." Y sé que lo dice con ironía, restándose importancia. Pero, qué coño, la importancia que tiene ese instante para mi se la otorgo yo. Sí, en plan superhéroe. El héroe de barba. El superhéroe de lo cotidiano, de lo diminuto, de eso que (casi) nadie ve.
Últimamente me rodean, los veo casi a diario.

Como ese niño que cuando su padre se niega a dedicarme un minuto, de forma un poco desagradable, me mira a los ojos y frena en seco, obligando al ogro gruñón y malhumorado que tira de él a parar. "Hola, yo me llamo Carlos", dice sonriendo. Yo le sonrío y contesto: "Hola Carlos, yo soy Nuria. ¿Te enseño una cosa muy chula?". Y levanto mi boli. En el extremo tiene un corazón que se ilumina cuando lo golpeas (oh, metáfora perfecta, juas).


 El niño lo mira con los ojos de asombro con que sólo miran los niños, sonriendo con todo el cuerpo. Y yo le sonrío. El padre me mira, asustado por si aprovecho para intentar convencerlo ahora que está parado. Pero Carlos no es una excusa. No le sonrío para aprovecharme. Le sonrío porque sólo él es mejor persona que casi todos los adultos que conozco. Le sonrío porque es mi superhéroe de lo diminuto.

Como ese tío que apenas te conoce y te saluda, se sienta contigo en la puerta de un hospital para ver cómo estás y pierde su tiempo, ese que sí vale, en echarte una mano.
Y yo, inmersa en el enésimo ultimátum, acostumbrada a caminar por la cuerda floja sin esperar una mano, me agarro a la que me tiende y le escucho sonriendo. Porque, joder, me ha hecho feliz. Durante media hora he vuelto a creer en el ser humano. Y cuelga el teléfono, una llamada importante, como si yo fuese lo más importante.
Y es cierto en ese instante eso que me explica de que cuando te abres a una persona es como abrir una presa. Es todo o nada. Abierto o cerrado. Para él no hay medias tintas, y cuando habla contigo te sientes el centro. Hace sentir a la gente especial, importante. Supongo que ahí reside su superpoder. Y cómo se agradece. Mi propósito para el resto de mi vida es intentar ser así.

Tengo gatitos superhéroes que me acompañan noches enteras cuando no quiero mostrar el miedo, porque soy una adulta y los adultos no sentimos eso (juas, juas, juas). Pero él lo ve, y se queda, siempre se queda, y consigue que ría, por encima del miedo, del hastío, de la tristeza.

Tengo una gatita que se ovilla conmigo, superheroina que siempre sabe cómo me siento y nunca me juzga.

Tengo una superheroina que acude en su caballo de cartón, con su espada de madera, a pelear mi guerra como si fuera suya, porque la siente suya.

Tengo superhéroes desconocidos, que me ofrecen su ayuda, su mano o una palabra, un mail preguntando si estoy bien. Y, coño, a veces no estoy bien, y al recibirlos todo cambia.

Como ese que deja comentarios cortisimos, pero me deja uno largo para mostrarme su aprecio.

Como ese que me pone marcas en la calzada para que no me pierda, y yo me siento Dorothy siguiendo las baldosas amarillas que él me va colocando, segura de que llegaré a ver al mago.
O aquel que firma siempre como "soy el del árbol", en un gesto de una ternura infinita, como si yo no supiese quién es. Y me recuerda a una canción de REM (tú siempre dices tu nombre cuando dejas un mensaje en el contestador, como si yo no fuese a saber que eres tú).

At My Most Beautiful by REM on Grooveshark

Como ese abrazo en una estación de tren. O una llamada el día de mi cumpleaños. O esas películas y libros recomendados.

O ese "te quiero" por whatsapp, inesperado y certero. Aquí, justo aquí, a la izquierda de mi pecho, ahí acertaste.


O un dibujo hecho para mi.

O que alguien abra tuiter para leerme cuando casi he desaparecido, y me mande café, sonrisas, canciones de Bunbury y chuches.

Como quien encuentra una canción perfecta, montaña rusa como yo, sólo para mi.

Como quien me rescata a base de café y ofreciéndose a susurrarme cuentos al oido cuando tengo fiebre.

Como quien me da consejos de marketing para un blog desconocido y casi moribundo mientras me hace reir.

Como esos mails sólo para mandarme un abrazo, un besazo, o un "¿Cómo estás?". Sabes que te confiaría mi vida.


Como esos dibujos con un "te quiero mami", o los corazones pintados en las manos, o el amor escrito con servilletas en el suelo.

Cariño. Creo que a veces olvidamos lo que genera, lo importante que puede llegar a ser ese diminuto gesto. Como llamarme así, como nadie más me llama.
Llenais mi vida de actos superheróicos y creo que ni os dais cuenta. Abrís ventanas al cielo. Y, no sé, me apetecía decíroslo.

 Gracias, en serio.


 Alguien se tambalea by El Hombre Viento on Grooveshark

martes, 5 de noviembre de 2013

Quien bien te quiere... los cojones

Siempre tuve mucho carácter, siempre. Era muy tímida, me daba miedo todo el mundo, pero cuando me enfadaba... Y me enfadaba. Mucho.
Borde es la palabra que más he escuchado desde bien pequeñita. Borde y rara. Ay, es que Nuria tiene ese carácter. Ufff, borde, borde, más imposible.
Hace un año y pico una compañera de trabajo me preguntó por qué me definía como borde. No lo eres para nada, me dijo. Pues cuentaselo a mi padre, contesté. Claro, me dijo, te lo han dicho tanto que al final asumiste que lo eras.
Ojalá lo fuese. Os lo juro. Ojalá fuese aquella adolescente enfadada con el mundo, borde y contestona. En algún lugar del camino dejé de contestar, de demostrar cualquier sentimiento que no fuese agradable, a tragar hiel y masticar enfados para que fuese más fácil tragarlos. Perdí la capacidad de expresar opiniones en voz alta si diferían lo más mínimo. Me convertí en una sombra. Me dejé el carácter en el bolsillo del pantalón que ya nunca usaba, y no supe recuperarlo.
Cuando dije hasta aquí mi madre se puso de su parte. Claro, yo ahora era eso adorable, callado y sin opinión. Era eso que no se enfadaba y lloraba a solas, eso siempre "feliz". No fuiste persona hasta conocerle, ahora dejarás de serlo. Eso dijo mi madre. Yo, convencida de que si la persona que más me tenía que querer opinaba eso todos creerían lo mismo, lloré. Mucho. Y le dije que no nos vería más, ni a mi ni a las enanas. Ya, hice mal, pero sentía como si me hubiesen arrancado en corazón, sentí que él tenía razón, que nadie me podía querer. Ni mi madre, pensé.
Ya, ya, muy dramático. Pues no sé, a mi me jodió infinitamente que mi madre tomase partido. Todo esto, dijo, pasa porque te ha consentido demasiado. Jajajaja Toma! Eso va a ser. Consentida, que rima con sometida. Y ahora lo pienso y me da la risa triste. Entonces no. Ni eso. Mantenía el tipo y luego lloraba a solas, o con mi hermana, mientras ella se cabreaba y decía burradas para hacerme reir.
Mi madre es muy buena, me ayuda tanto que no sé cómo agradecérselo. Pero le sigue creyendo, allí, al fondo, todo esto es culpa mia, porque soy un desastre, no sé cocinar, y no he hecho nunca lo suficiente. A la más mínima se le escapa la mujer tradicional y machista y yo soy la culpable por no ser una mujer como debe ser, como Dios manda. Y le dan igual las evidencias. Ya puede mentirles en su propia cara, llorando, mientras ellos saben que miente. Ya puede ver los vasos con agua y nuestros nombres dentro, la madera quemada con un lazo rojo, mi foto boca abajo, las cruces con fotos en los cajones. Ya puede saber por otros (mi palabra no es muy fiable) los desastres y las deudas. La culpa es mia, por no ser una señora de bien, por no seguir asintiendo a todo. Calladita estás más guapa Nuri. Y si además sonríes mejor.
Mi padre es distinto. Se opuso. No quería ni oir hablar de nada. Pero empezó a observar, a hablar conmigo. Un día me dijo que esta era yo. Esta eres tú, no eso que no era capaz de conducir, ni de hacer nada sola. Yo no te eduqué para depender de alguien. Eres lista Nuria. ¿Qué coño te pasó? ¿Cómo has dejado que te haga así de pequeña?
Y ya no ha habido ni un resquicio. Quiere darle de hostias. Quiere que acabe ya con todo y me separe.
Mi madre no. Mi madre monopoliza el dolor. Supongo que es difícil esto para ella. Está asustada, se siente frustrada. Yo lo entiendo. Pero... ¿y yo?
¿Qué he hecho yo para merecer esto?, repetía un día una y otra vez. ¿Y yo?
Hace poco nos dijo que si hubiese sabido esto no nos hubiese tenido. Mi hermana y yo nos miramos y nos dio la risa, por lo absurdo, por lo cruel.
Hoy me ha dicho que sufriría menos si yo viviese a mil kilómetros. Juas. Ojalá. Ojalá pudiese coger a las enanas y huir. Pero, ¿dónde?
Me recuerda constantemente que le dije aquello horrible. Pero ella no cree haberme dicho nada malo, nada. Eso cree.
Llevo un par de semanas (quizás más) invadida por la tristeza. No recuerdo nada igual desde la adolescencia. Y yo, que escribo compulsivamente cuando estoy triste, no he podido apenas escribir. Me faltan ganas, y cada vez que me pongo empiezo a llorar y no puedo parar. Pero no puedo permitírmelo. Ya vendo poco sin tener cara de monstruo de ojos hinchados. Y no puedo ser esa madre. No puedo. No pueden vivir acostumbradas a verme llorar.
Y no. No cuento esto por dar pena, o por llamar la atención, o por preocupar a nadie (aunque eso ya lo he hecho, disculpa j., y gracias por aguantar el tirón). Ya ha acudido parte del séptimo de caballería a ayudarme, porque encima todo lo de la demanda se retrasa. Estaba preparada para la parte difícil, para la lucha. No creía.que seguiría en el puto modo espera que me está matando. Gracias a que María está para asistirme y echarle broncas a mi abogada (y hacer el trabajo que ella no hace).
Escribo esto porque hoy he discutido con mi madre, y era esa maldita gota que le faltaba a mi puto vaso.
Y encima sigo sin ordenador, juas.
Pasará. Sonreiré. Reiré. Mírame vida hija de puta. Te estoy esperando. Pega aquí. Te espero.
¿Dónde acaba uno mismo y empieza a ser sólo una sombra (de lo que fue)?