Aunque me ignores, aunque no me mires sigo existiendo. Me mira de repente con ira, con sorpresa. Supongo que no concibe la idea de que el mundo siga más allá de él, que algo exista fuera de si mismo.
Somos islas, putas islas rodeadas de oceano y oleaje. Islas por decisión propia, o por incapacidad de ser algo distinto.
Toleramos pequeños desembarcos, leves conquistas, que alguien vare su barca en nuestra arena, que nos recorra temporalmente, poco más.
Es difícil unir dos islas, hay que acoplar bordes, acantilados, perfiles, vencer mareas y tormentas, luchar contra la deriva, contra el movimiento de las placas tectónicas y los lazos que nos unen a la corteza terrestre.
Y aun cuando se consigue, es difícil mantener el equilibrio. Normalmente una de las islas conquista los territorios de la otra, ocupa sus playas, su interior, sin dejar ni un milímetro sin colonizar. Es fácil ser fagocitado. Es difícil la simbiosis. Lo más sencillo es caer en el parasitismo, que se rompa el equilibrio y acabes sin espacio para ser tú, dejando de ser lo que eras.
Ser isla. Ser una puta isla, en mitad del puto oceano, alejada de tu playa.
Cada noche, en sueños, recorro 570.000.000 pasos, los que separan mi cama de la superficie lunar. Voy sorteando satélites, meteoritos, basura espacial, luchando al principio contra la fuerza de la gravedad, que se niega a mi abandono, avanzando después con paso rápido hasta que mis pies desnudos pisan la luna, y el polvo lunar se cuela entre mis dedos.
Dibujo corazones eternos en el suelo, sabiendo que nada los borrará, que no habrá viento que los perturbe. Bailo de puntillas, etérea y ligera, con la música que siempre suena en mi cabeza. El silencio me rodea, pero dentro de mi la melodía martillea incansable.
Cada noche vivo sin oxígeno, porque en sueños todo es posible.
Y cada noche, en sueños, recorro 241.000 pasos, los que separan tu cama de la mia. Sorteando árboles, torres de electricidad, mesetas, montañas. Hasta que mis pies me llevan al borde de tu cuerpo. Te beso en los labios, y después escribo poemas, yo, que no tengo ni idea de poesía, con saliva en tu espalda, usando como pluma mi lengua. Y tu respiración, la cadencia de tu sueño es mi música, con la que bailo sobre tu cuerpo.
Cada madrugada, cuando despierto, en ese estado de semiinconsciencia breve, aun me encuentro en la superficie de la luna, pero la falta de oxígeno empieza a ahogarme, y entonces caigo en la cuenta de mi mortalidad, como aquel astronauta abandonado por una apuesta en la luna, con su silla y sus ceras, y los rotuladores y empiezo a boquear en el suelo, como un pez recien sacado del agua, en busca de aquello que no existe.
Y cada madrugada, cuando despierto, en ese estado de semiinconsciencia breve, aun me encuentro sentada en tu cama, y caigo en la cuenta de ...
Qué imposible, qué lejos.
Camino hacia el trabajo, cualquier mañana. Me gusta observar a la gente, un pequeño vicio.
Me lo cruzo a menudo, siempre camina despacio, como perdido.
Una vez le abordé. Estaba sentado, y se levantó para hablar conmigo. Un caballero. Hablaba quizás demasiado ceremonioso, muchas pausas, demasiados adjetivos. Me hablaba de usted.
No puedo colaborar más, me dijo. Ya colaboro con otras 2 asociaciones, ojalá pudiese en más.
Nos cruzamos. Siempre con su traje bien planchado, demasiado grande para él. Es pequeño, y su traje parece una negación de su tamaño, como si por comprar un traje más grande él creciese.
Llueve. Aquí nunca llueve. Se acerca diminuto bajo un paraguas enorme, mirada perdida, triste.
No trabaja. He llegado a esa conclusión. Siempre pasea con el maletín en la mano. Lo veo paseando con parsimonia por cualquier rincón de la ciudad, como un ser inhabitado, ojos vacíos.
Imagino que perdió el trabajo y es demasiado terrible a su edad para asumirlo. Lo pienso saliendo de casa cada mañana, despidiéndose de su anciana madre y de su gato, partiendo hacia un trabajo inexistente, hacia un destino que no le espera.
----------------------------------
Llego al trabajo, en una estación de tren. Me encantan las estaciones, esta no tanto. Hace años trabajé aquí. Un trabajo emocionante… básicamente ser un florero de 1,64, sonriendo como un trozo de carne absurdo. Lo odiaba.
Entonces la veo. Es baja y muy delgada. Viste una falda negra con dibujos brillantes larguísima, y una blusa también negra. Una gorra ridícula también negra desentona con su sobriedad. Tiene el pelo largo, negro azabache, despeinado. Los zapatos parecen ajenos, enormes, se le salen un poco a cada paso. Lleva un bolso enorme.
Pasea hablando sola, como perdida en la estación, eterna Penélope absurda y paseante.
Camina lentamente, absorta en su mundo, ajena a todo y a todos los que la rodeamos. Hace giros inesperados, cambios de dirección sin ningún sentido aparente.
Vuelve su cara pálida y huesuda hacia mi, pero no me ve. Sus ojos vidriosos están perdidos más allá de la distancia que nos separa, mucho más lejos. Parece observar algo inexistente, algo que mis ojos ¿cuerdos? son incapaces de percibir.
Desaparece entre el tumulto de gente que entra y sale de los trenes, entre reencuentros y despedidas.
Al rato la veo aparecer de nuevo, con paso apresurado, girando la cabeza casi compulsivamente hacia atrás, buscando a alguien que no está, huyendo de alguien que no la persigue. Con la cara asustada, desencajada, prosigue su frenética huida hacia las puertas.
----------------------------------
El escultor lleva pantalones de camuflaje y botas de seguridad manchadas y ajadas, camiseta reivindicativa y una gorra ocultando la cabeza afeitada hace un par de días.
Observa tranquilo cómo montan una estructura metálica cubierta con bolsas de basura negras y cinta aislante. Parece perdido en sus pensamientos, sin ancla al lugar físico que ocupa.
De repente un movimiento en falso en el montaje parece despertarle, y en dos pasos enormes y firmes se sitúa junto a la escultura y empieza a dar instrucciones a los montadores. Parece seguro y un tanto brusco. Finalmente manipula él mismo la estructura. La vuelve a observar y regresa a su posición sosegada, de simple espectador ausente.
----------------------------------
Regreso a casa en metro, escribiendo sensaciones, sentimientos. Bajo y camino despistada. Cruzo el descampado, consecuencia de la explosión brutal de la burbuja inmobiliaria, que ha poblado nuestras ciudades de edificios fantasmas inacabados y descampados con las vallas rotas. En el banco que hay frente al solar, mirando a la nada, dormitando, le veo.
Tenía hace unos años un par de negocios más o menos prósperos en mi ciudad. Era conocido. Siempre bien vestido, siempre la barba perfectamente recortada y un bronceado recién comprado. Un hombre muy alto, elegante. Le fue mal, creo. La crisis, supongo. Ahora mira al descampado con los ojos entrecerrados, la mirada empañada. Parece perdido en su pasado.
Entro a casa. ¿Qué tal el día? pregunta mi madre. Bien mamá, en playas desiertas, observando cómo envejecen los niños perdidos.
Mi fin de semana debía ser de desconexión. Pero yo soy yo, y todo se complica.
Por lo menos vinieron a visitarme las nubes, y la lluvia. De hecho la lluvia me sorprendió en la montaña, escuchando una voz que me perturba y emociona, riendo. La risa bajo la lluvia es perfecta.
Pensar mientras estoy en mi lugar en el mundo siempre me centra, aunque esté jodida, aunque todo empeore por minutos.
Me ha dado por pensar en cómo me he convertido en esto que soy y que últimamente tanto parece molestar.
Hace poco un amigo me dio un cursillo sobre cómo ligar. Sencillo, unos pocos pasos sobre qué hacer y qué evitar. Incumplía lo básico. Mira que es difícil incumplir todos y cada uno de los sencillos consejos. Todos, no me dejaba ni uno. Resumiré, lo más problemático parece ser que no consigo ser displicente. Soy demasiado sincera y apasionada, por lo visto. Y agobio a la gente con lo que siento y cómo lo verbalizo.
Hace unos años hubiese muerto antes de decirle a alguien que le quería. Recuerdo que el chico más increible del instituto, con sus enormes ojos azules y sus clases particulares de historia, me regaló una piedra. Era preciosa, y grabado ponía "Te quiero". Sólo pude balbucear un gracias incoherente (y poco oportuno) y huir. A los dos días le había sacado de mi vida a la fuerza.
No creo que le dijese nunca a una amiga que la quería, ni a mis padres, ni a la persona más increible que hay en mi mundo, que es mi hermana. Nada, ni palabras ni gestos que lo demostrasen.
Y de repente me convertí en esto. Incapaz totalmente de no decir lo que siento a la gente que es importante para mi. Acojono, supongo.
No llevo bien mi mutación a zorra sin corazón, por lo visto.
Y con esta, mi imagen de cervatillo abandonado e indefenso, no dejo de escuchar una frase muy graciosa. "No te irás a enamorar, no?" Coño. Supuestamente sería terrible que alguien como yo les amase. Triste, triste, triste.
Lo peor es que me lo dice hasta gente en la que no me fijaría aunque la supervivencia de la raza humana y del mundo tal y como lo conocemos dependiese de ello (por otra parte tampoco se perdería mucho si se acabase este mundo o esta especie). Debo parecer desesperada. No lo estoy. Tranquilos hombres del mundo... no me enamoraré. Recordad, soy una bruja desalmada. Mi corazón inexistente no me lo permite.
Recibo un mensaje. Quiere quedar conmigo a tomar café. Está convencido de que me (literalmente) "engancharé a él", porque es géminis, y la gente se engancha a los géminis. Gracias, en serio. Gracias por la risa, me ha venido muy bien. Como profesor de risoterapia no tienes precio. Cómo se puede ser tan capullo y tan arrogante? Yo también soy géminis, imbécil. Soy géminis y no veo a nadie enganchado a mi. Y después de hablar no más de 5 minutos contigo, sé que a ti tampoco se enganchan, gilipollas. Perdón, pero tanta arrogancia me mata.
Tuve un amigo que estaba seguro de que acabariamos juntos. Inevitable, decía. Imposible, pensaba yo. Odio a la gente que da esas cosas por sentado.
Desde ahora seré desapasionada, displicente y mostraré indiferencia. Juas.
Qué días más raros, coño.
La canción de hoy no tiene (aparentemente) nada que ver con esta mierda de post raro, pero me apetecía compartirla.
Ah! Si van a empeorar blogger, pues que se queden como están. Vaya asco de cambios...
No respeta puntos y aparte, insertar imágenes es un asco, y no me inserta video. Ahora lo intento poner en comentarios.
Me voy a convertir en una zorra sin corazón. Ese es mi propósito de otoño. Lo bueno de los propósitos de otoño, es que no son como los de año nuevo, que antes de Reyes los has olvidado o abandonado. Mis propósitos de otoño son firmes.
Ser sensible, romántica, ser cervatillo,... Es una mierda. Así, simple. Sólo sirve para que te den palos, para sufrir como una gilipollas. El amor es un asco. Creo que sí existe. Creo en él firmemente. Pero también creo que hay gente negada, gente que nunca amará a quién le ame, gente a la que no amará quien ame. Triste. Yo soy una de esas afortunadas. Asúmelo, supéralo. Todo se pudre, todo acaba antes de empezar. A la madre de Bambi la mataron.
Debe ser más fácil ser una zorra sin corazón, así nadie puede tomarlo prestado, ni pisotearlo, ni llevárselo consigo para siempre. Debe estar bien ser la primera en marcharse, abandonar al primer indicio de complicación.
Así que voy a mutar en una zorra despiadada, en sirena, en lamia. Todo será más sencillo. No me ilusionaré, ni viviré de nuevo esa sensación de invencibilidad que provoca el amor cuando te ataca. No soñaré, ni me despertaré en mitad de noche pensando en ti. El nosotros no estremecerá. Me causará risa. No habrá lugar para corazones, ni notas de amor, ni regalos chorras. No habrá sitio para poesia ni para que el mundo se pare con tu voz. No buscaré cómo decir te quiero en uzbeko, ni escucharé música tierna, esas canciones que me recuerden al amor. Ni al desamor. Ni a nada. No esperaré nada.
No esperar nada debe ser cojonudo, sí. Así no sorprende cuando no recibes nada. Y lo que recibas será una agradable sorpresa.
Así que no me llameis Nuria. Ese no es mi verdadero nombre. Mi nombre es Bruja desalmada. Hay que ir aceptándolo y acostumbrándose. Que alguien me alcance un rifle. Voy a rematar a mi yo cervatillo.
A veces nos complicamos la vida innecesariamente buscando el regalo perfecto. Gastamos más de lo que podemos, todo parece poco. Gilipolleces.
A veces el regalo perfecto está en la cosa más insignificante. Hace poco me regalaron 2 mariposas y una salamandra, color sobre papel. El regalo perfecto. Hace poco me regalaron letras increibles. El regalo perfecto.
Hace unos años daba clases. A veces les llevaba a mis alumnos chucherías. La mayor parte de veces me las traían ellos a mi. Lenguas ácidas y fresas. Era perfecto, sencillamente. Que unos adolescentes se gastasen su dinero en traerme chuches, o un café,... era para mi increible. El regalo perfecto.
A veces es así de sencillo. Un pequeño gesto, poco más.
Cualquier cosa se puede convertir en un regalo perfecto. Una ensalada tras un concierto. Eso es un regalo perfecto.
O un libro. Un libro siempre es un regalo increible.
Tengo una amiga que cada vez que viaja a Argentina me trae un "Yo, Matias", un cómic, un vicio inconfesable. Nunca hace falta nada más. Es perfecto.
Mi primo me manda postales desde cualquier lugar al que le lleven sus pasos, normalmente lugares remotos, que nunca veré. Tiene esa costumbre desde que teniamos 10 ó 11 años. Las guardo todas, y cuando las veo, ahí en el cajón, siempre sonrío. Es perfecto.
Mi hija me regala corazones, siempre. Si tengo un mal día me dice "mami, no te preocupes, yo te voy a animar", y me recorta corazones, me los dedica, siempre un te quiero. Un día, tras una sucesión de días de mierda, llegué a mi trabajo y al abrir la carpeta me la encontré llena de corazones de colores. Los había recortado y coloreado, cada uno de un color distinto. Eso es un regalo perfecto. Ella es perfecta.
Cuando era pequeñita, y aun no sabía recortarme corazones, me recogía piedras. Cada día, todos. Recogía una piedra en el patio del cole, la guardaba, la lavaba, y cuando salía me la daba. Todos los días. Y yo iba guardando piedras por todos los rincones, sin lógica alguna. Las tenía en bolsos, cajones, en los bolsillos del abrigo,... No era descuido, ni desorden. Me gustaba encontrarlas por casualidad, y recordar que para alguien yo era importante. A veces no es sencillo recordar esas cosas. A veces olvidas que hay alguien que te quiere como para recogerte piedras cada día. Está bien recordarlo. Es importante.
Mi otra hija es distinta. Es muy independiente, no besa por besar, no es de las que demuestran su amor todo el tiempo. Pero a veces le dan ataques de amor irrefrenables, y me abraza una pierna, o un brazo, y me da un millón de besos, todos los que no me ha dado el resto del tiempo. Y si se despierta por la noche, me busca la cara, la coge entre sus manos y medio dormida me susurra "te teo, te teo mami". Es perfecto. Ella es perfecta.
Este año, ha empezado a traerme bolas. Recoge las bolas de un falso plátano de paseo que hay en el patio de su cole, las frota para quitarles las semillas, la pelusilla del exterior, y me las trae. A veces no lleva bolsillos, y las guarda todo el recreo en las manos, o en un pliegue que se hace en la camiseta. Así que yo he empezado a guardar bolas en bolsos, cajones, bolsillos, como forma de recordar que me quiere.
Ahora a alguien se le ha ocurrido que es una mala costumbre, esa de recoger bolas para mami, y ha pedido a los profesores que se lo impidan. Eso es una gilipollez perfecta.
No es el regalo en si. Es el gesto, la intención, el amor que le pongas.
A veces buscas el regalo perfecto, y quien lo recibe no sabe apreciar tu dedicación, tu amor.
Yo en enero busqué la camiseta perfecta. Un regalo perfecto, pero al final tuve que guardarlo. A mi armario le sienta muy bien.
A veces los gestos se pierden en la rutina, en el hastío de vidas que no parecen pertenecernos.
Pero es importante aprender a ver los pequeños placeres de la vida, esos pequeños regalos perfectos que nos vamos encontrando. No sea que a algún gilipollas se le ocurra privarnos de ellos.
Afuera llueve, por fin ha vuelto a llover. Cuando era pequeña, observaba a mi madre mirando la lluvia por la ventana. Siempre que llovía parecía feliz. Tengo los ojos tristes de mi madre, eso dice todo el mundo.
No conseguía entender qué miraba, qué la hacía feliz. Nunca me ha gustado la lluvia. Es más, la odiaba sinceramente, era un mal necesario, poco más. Algo que jodía planes, era incómodo, molesto.
Contar líquenes bajo la lluvia es bastante desagradable, por ejemplo. O recoger muestras en un lago, en una barca hinchable cutre que amenazaba hundirse mientras se llenaba de agua. O que suspendan un concierto para el que compraste entradas hace meses por la lluvia. O no poder salir a jugar por un maldito aguacero. No, nunca me gustó la lluvia.
Pero la gente cambia, y yo he cambiado.
Hubo un año que enloquecí. Quizás más de un año. Hubo un año en que me dió por desear cosas absurdas, como ser feliz. Hubo un año en que decidí que no podía más con los silencios, con la táctica del avestruz, con evitar hablar de lo que sentía y cómo lo sentía. Hubo un año que decidí con quien no quería envejecer. Hubo un año que me enamoré. Hubo un año que me jugué casi todo a una carta, y como mala jugadora que soy, perdí. Hubo un año que descubrí que el otoño era la estación más increible del año.
Hubo un año que decidí que me apetecía ser Miércoles Addams, y fui una Miércoles cojonuda. Hubo un año que fui feliz, coño, cómo fui feliz. Hubo un año que descubrí que la tristeza te golpea, te acuchilla, te patea cuando ya estás en el suelo, y luego te llena las heridas de sal y limón, la muy cabrona.
Hubo un año que lloré tanto que me quedé sin lágrimas. Hubo un año que recibí el mejor abrazo del mundo. Hubo un año que tuve la despedida más corta, porque no era una despedida. Pero sí lo fue. Hubo un año en que fui un cuadrado en un círculo, golpeándome contra mis propias esquinas. Hubo un año que me dió por hacer fotos de nubes, de cortezas de árboles, de lluvia sobre flores, de madera, de cerraduras viejas, de cosas con forma de corazón.
Hubo un año que decidí buscarme porque me había perdido. Hubo un año que me reencontré. Hubo un año que amé, y tal vez fui amada. Hubo un año que dejé de ser amada. Hubo un año que me dió por perseguir imposibles, cada vez más alejados de toda lógica. Hubo un año que reí. Hubo un año que decidí volver a escribir. Hubo un año que dejó de aterrorizarme conducir. Hubo un año que descubrí que me pone conducir. Hubo un año que descubrí la poesía. Hubo un año que no me escribieron la poesía que esperaba. Hubo un año que me escribieron la poesía más increible, más mia que jamás hubiese imaginado, esa que no esperaba. Hubo un año que me regalaron mariposas, nubes, paraguas de los que llueven corazones.
Hubo un año que viví.
Y ahora, ahora que hace más de un año que enloquecí, hago recapitulación, miro hacia atrás, intentando ver cuánto acerté, cuánto erré, y sólo consigo vislumbrar que aquel año viví. Es más de lo que hacía hasta ese momento. Así que recapitulo, pero no capitulo. Sigo viviendo. Y si la tristeza quiere ponerme sal y limón... pues que me traiga un tequila.
Ah, y, sobre todo, hubo un año que descubrí cuánto me gusta la lluvia.
(Sí, tuve infancia, y esta es mi canción de lluvia)