Dame la falda de putita, me dice mi hija muy seria con su eterna lengua de trapo.
La pobre tiene que recurrir a veces a canciones, a gestos para que la entienda. Quiero totilla, y yo le digo: “¿Tienes hambre? Ahora mismo te hago una tortilla. ¿Me ayudas?”. Y ella “que no, que quiero totilla”, y yo tozuda: “¿tortilla?”, “no, totilla”, cada vez más lento, más alto. Hasta que, ya desesperada, mueve los dedos hacia mi axila con cara de vayamadreinútilmehatocadoendesgracia. ¡Cosquillas! ¡Quieres que te haga cosquillas! Claro, contesta con cara de estar de vuelta de todo. Le falta decir “es que pareces imbécil”. Seguro que lo piensa.
O dice “dibújame un tatito”, “¿un patito?”. “No, un tatito”, “¿gatito?”. “TA-TI-TO”, casi grita. “¿Un ratito (que entonces pienso “coño, que no sea eso, que a ver cómo dibujo un ratito, ni mi amiga la que siempre nos gana al Pictionary sabría cómo hacerlo”), zapatito,…? Y así hasta el infinito, mientras por dentro me insulto “mala madre, ni entenderla, joder, no puede ser tan complicado”. Y ella cada vez más exasperada pisotea el suelo nerviosa. Y de repente… la luz. Se le ilumina la cara y sonríe satisfecha. Y empieza a cantar: “que no sabía, que no sabía, que no sabía navegar”. ¡Coño, un barquito! y ella ríe feliz, media hora después, mientras le dibujo un barco.
Otras veces me sorprendo. Dice por ejemplo “tata tallú”, y mi hermana y su profe se rinden. “Joder, no la entiendo. No hay quién la entienda. No me mientas, tú a la niña le estás enseñando alemán”, dice mi hermana. Su profe sonríe y dice: “no te preocupes, ya hablará bien”, con cara de “sí, pero no me preguntes porque no tengo ni puñetera idea de lo que ha dicho”. Y yo digo: “mi vida (sí, soy así de moñas), ¿te has dejado las cartas de Caillou (un personaje de dibujos) en clase?”. Y ella me dice: “sí mami Nuya, vamos”. Y allá vamos.
Pero lo de putita me supera. “¿Qué dices princesa?” La falda de putita, repite. Y yo empiezo a preocuparme seriamente. Y ella señala un estante del armario convencida. Sí mami, la falda de putita, dame. Y de repente algo rojo asoma, y me recupero del susto, de imaginarme a mi princesita vestida de mini-furcia…
Mi vida es una sucesión de malas decisiones. Y no, no es culpa de los
demás, no lo creo (te equivocas querida/o anónima/o). Es culpa mia.
A veces es tan simple como equivocar con quien compartes el camino. Y
luego, pues a veces dejas de tomar decisiones, cualquier decisión, por
minúscula que sea. Pero no decidir ni la ropa que te pones también es
una mala decisión. Decidir callar. Decidir creer que todos tienen razón y
él es lo mejor que te ha pasado. Ahora eres persona, repetía mi madre
una y otra vez. Qué suerte has tenido, decían todos. Y yo decidí
creerles. Pero fue decisión mia.
Elegí mal qué estudiar. Cuando desperté de la inconsciencia (porque me
pasé semiinconsciente los primeros tres años por razones de lo más
variadas, todas malas decisiones) estaba acabando tercero, y lo lógico
parecía seguir adelante, aunque sabía que aquel no era mi sitio, que
aquello no era lo mio. Cómo explicar que de repente dejaba aquello que
tanto esfuerzo les costaba a mis padres? Mala decisión. Mia, sólo mia.
Luego decidí no seguir esperando la beca en el departamento. Mala elección, no mia, pero yo consentí. Mea culpa.
Sucesión de trabajos de mierda. Mala elección. No volver a trabajar cuando el cuerpo ya me lo pedía. Mala decisión. No
vi las intenciones. Cuando las vi era tarde. Ahora hay un vacio enorme
en mi currículum imposible de explicar sin dejar ver los monstruos del
armario, la mierda bajo la alfombra.
Llego a currar, al único trabajo para el que no he tenido que esconder
el lastre que tanto enorgullece a mis padres. Todos somos licenciados.
Como pueden elegir...
Cuatro cafés. Hoy me despiden, estoy segura. Qué menos que estar despierta.
La semana pasada echaron a mi coordinadora. Esta me toca a mi.
Y Mario? Ya no está con nosotros. Y yo reprimo el "se ha muerto?" que mi
mente perversa dibuja siempre. Joder, me caía bien. Tranquilo, voz
profunda, le faltaba altura y sentido del humor. Y tú qué eres? le
pregunté al conocerlo.Qué soy? Sí, coño, aquí todos estamos por algo, y todos hemos estudiado
algo de lo que no trabajamos (somos la puta imagen del fracaso, pero eso
no lo dije). Ah, soy biólogo. Me puse a reir. Te ríes de mi? No, no,
me río de mi.
Nota mental, tengo que aprender a aguantar la risa y a hablar con la
gente. A veces parezco criada por una manada de hienas, con lo que se
han esforzado mis padres...
Le han despedido. Me da un poco de pena, pero la zorra despiadada sonríe
aliviada, porque normalmente no despiden a dos personas la misma
semana. Así que me siento aliviada y mala persona a partes iguales. Una
semana más. Así llevo meses. Me falta instinto asesino. Para vender
solidaridad hay que hacer en muchos casos sentirse mal a la gente. Que
se sientan culpables, dice mi compañera. Y una mierda. Me hace falta el
trabajo, pero eso no me nace hacerlo. La gente bastante tiene con
subsistir. Si quieren colaborar, perfecto. Si no... Pues nada, no vendo,
que me echen. Me uniré a la larga lista de condenados.
Una puta semana más. Mi vida es a plazos. A plazos cortos. Malas decisiones, eso es todo.
No os preocupeis. A veces parece que muero, que lloro. Es porque en la vida real tengo que sonreir, que levantarme y luchar, mantenerme entera, aunque no tenga ganas. Descargar aquí ayuda a mantener el equilibrio. Y a veces, como ayer, me dan ganas de cerrar, de echar el cerrojo a esto y evitar tristeza, pero no me da la gana, porque no tengo por qué quedarme sin mi reducto de sinceridad, de ser yo misma, digan lo que digan.
Y no, no echo las culpas de mis penas a nadie más que a mi misma. Y esto no es autoflagelación, es que últimamente ando convencida de que si asumo errores, culpas, podré levantarme y seguir, acabar con todo lo triste.
A veces cuesta darse cuenta de que has entrado en una espiral. Otras veces te das cuenta, pero no ves la forma de salir, estás girando sobre lo mismo, como atraida por el campo magnético, obligada a girar y girar siguiendo una órbita maldita, que te llena de esquirlas, de espinas, de astillas.
Mi mente obsesiva vuelve y vuelve, nunca para.
Estos días la vida pasaba rozándome, excluyéndome de su existencia. Hay cosas que no puedes controlar. El futuro laboral, la crisis, los muros, la gente que te ama, la que no te ama. La gente que te odia, así, directamente. Pero la cuestión es ver que son cosas que escapan a tu control. Aceptar.
A veces sólo es cuestión de alejarse y respirar. Tomar distancia, relativizar. Ver las cosas desde otro ángulo, entender su verdadera importancia.
A veces...
Lo difícil es alejarse. Lo difícil es tomar distancia.
Pero tengo mi lugar en el mundo. Me he perdido en la niebla, he respirado humedad, petricor, geosminas, otoño.
He caminado sobre un manto de hojas amarillas, verdes, anaranjadas. He llenado mis botas de rocío, de tierra húmeda.
Me he sentado bajo mi árbol, ese que amo, porque yo me puedo enamorar de un árbol.
He encontrado setas, y daba igual si eran comestibles, porque eran de una belleza perfecta, con su sombrero mamelonado terso y brillante.
He cogido apio y albahaca del huerto. Manos fragantes. Sentidos que rebosan, se empapan. Guardar aromas y belleza para cuando el mundo me agobie de nuevo, para cuando la vida me supere. Y de repente una joya, unos elitros tornasolados, formando diminutos arcoiris rugosos sobre una hoja. Algo tan pequeño, algo tan bello.
Y parar a hacer fotos de nuevo a aquellos troncos, en otra vida vigas de alguna casa, y acabar encontrando entre los clavos oxidados, testigos del paso del tiempo, un pequeño tesoro inesperado. A veces la muerte trae vida, nuevos hábitats, nuevos horizontes.
Acostarme pronto, para variar, y despertar a media noche, y ver la luna reflejada en el espejo del baño. Y mirar el móvil y encontrar un poema.
Levantarse temprano, con cosquillas, con ellas riendo en mi cama y descubrir todo cubierto de rocío, gotas atrapadas en los pelos que cubren las hojas del patio.
Pasear por las viñas.
Preparar una cafetera, llenar 2 tazas, caminar hasta su casa, encontrar la puerta abierta. He preparado café, le digo. Y ella me recibe con su eterna sonrisa."Gracias Nuri". Y hablar, sin prisa, sin un motivo. Hablar.
Y columpiarme mientras mi hija grita "más alto mami, más alto". Sensación de vacío en el estómago. Abandono, volar. Reir. Reir. Reir.
Desconexión. Casi 200 fotos después, diez mil aromas acumulados, imágenes en la retina, sensaciones en la piel,... Me he recompuesto, he regenerado, me he oxigenado. Que vuelva la vida que esta vez no me va a rozar. Esta vez me pienso sumergir con ella. Caeré, supongo, de nuevo en espirales. Pero sólo hay que alejarse y respirar. Tomar distancia, relativizar.
La veo caminando perdida, y por un segundo brilla en mitad
de la multitud que avanza moribunda sin saberlo por la acera. Todos morimos un
poco cada día. Hay días que sólo es algo nimio, imperceptible. Nos sentimos
vivos, inmortales. Otros días, como yo hoy, morimos casi completamente, la vida
pasa corriendo ante nosotros, sin que podamos detenerla de ningún modo, porque
es una cabrona que ni se digna a mirarnos, no nos escucha gritar, aullar su
nombre. Pero todos los días morimos, nos acercamos y miramos un poco más de
cerca al abismo de la nada que nos espera impaciente.
Me pregunto por qué siempre distingo a la gente perdida,
porque los vislumbro como si su mirada perdida fuese fosforescente, como si
brillase como las gotas iridiscentes de lluvia sobre las hojas.
Es joven, de una belleza aburrida. Camina distraida, bolso
de viaje colgando de su hombro izquierdo, neceser balanceándose en su mano
derecha, y una rosa en su mano izquierda. Lleva la mano casi en el pecho, en
una postura forzada y extrañamente teatral, los pétalos rozando su
barbilla. La mirada perdida en la nada no delata pasión, ni abandono, ni
melancolía. Nada.
Imagino la decepción de alguien que quizás ni existe al
regalarle esa rosa y ver el vacío en sus ojos negros.
Sigue avanzando, casi levitando mientras nadie más la ve.
Yo sigo imaginando, como alternativa, supongo, a una vida
propia.
Mis entrañas no son bellas, son cueva llena de espejos. El
eco aturde, reiterativo, chocando contra las paredes y volviendo, para chocar
de nuevo con la pared contraria. La imagen asusta, repetida, deforme,
angustiosa.
Mis entrañas son obsesivas, repugnantes. Y soy tolerable mientras
no sean grandes los descosidos de mis costuras. Porque cuando me descoso
demasiado se ve lo que hay dentro, y las obsesiones supuran un líquido
nauseabundo que chorrea y se condensa al gotear sobre el suelo recien encerado.
Nunca aprendo. Tengo que fingir ser distinta. Tengo que
esconder la oscuridad, guardarla en la caja donde guardo los abrazos no
correspondidos, los besos inacabados, los polvos que no llenaron. Cerrar bien
el doble candado, siete vueltas a cada llave. Así todo será más fácil.
Hoy se me ven demasiado las entrañas por los descosidos. Hoy
mis costuras se deshacen y dejan ver mi interior descarnado. Hoy soy incapaz de
fingirme distinta y luminosa. Hoy soy.
Hoy mi hija tenía fiebre, dolor de cabeza,... Lleva unos días así, así que hemos ido al pediatra. Placas de pus en la garganta, lo normal en esta época, sentencia el médico. Antibiótico e ibuprofeno.
Salimos del centro de salud y nos acercamos a una farmacia cercana, para ver qué farmacia está abierta. No, no es festivo. Es que vivimos en una comunidad de chiste, solo que no hace ni puta gracia. Aquí, tierra de chorizos (por cierto, sabeis que los chorizos como mejor se curan es colgados?), la Generalitat tiene dinero para la Fórmula 1, para maquetitas de 15 millones de euros de proyectos que nunca se realizarán, para fiestas y mamoneos varios, pero no para pagar lo que le debe a los dependientes (más de 16 millones de euros), ni para pagar los medicamentos a las farmacias. Les deben desde mitad de mayo, así que a principios de noviembre dijeron basta y decidieron un cierre indefinido. Cada farmacia cierra 2 de cada 3 días, van rotando. Así que en mi pueblo hay cada día 2 farmacias abiertas, otros tienen 1, dependiendo del número de habitantes. La situación es absurda, pero tienen razones más que suficientes para plantarse.
Voy a una de las 2 farmacias, está cerca de casa, pero me voy con tiempo. Al llegar a la calle me da la risa. La cola de gente ocupa toda la acera. Aun no han abierto. ¿Quién es el último? Y me pongo tranquilamente a leer blogs con el móvil, a contestar correos, a escribir algo. Paciencia.
Una señora a mi lado, ya mayor, comenta que sólo nos falta la cartilla, que esto parece el racionamiento de después de la guerra. La gente opina, protesta, pero con calma. El farmaceutico no tiene la culpa, comenta alguien. Rafa levanta la mirada del medicamento que está metiendo en una bolsa y sonríe agradecido.
Entra un hombre, explicando mientras avanza sin esperar la cola que sólo quiere preguntar si tienen un medicamento. Si lo tienen me pongo al final y espero, si no... Y nos cuenta que viene de la otra farmacia abierta. No les quedaba, me han dicho que pregunte aquí, y si no que vaya al hospital a pedir 2 ó 3 pastillas para pasar hasta mañana, y entonces a seguir buscando. Es que no puedo dejar de tomármelas, dice con gesto de rabia contenida, pero como disculpándose por molestar. No, no nos queda, lo siento, dice la auxiliar. Tendrás que ir al hospital, lo siento, Generalitat dice que no habrá problemas en el abastecimiento, pero...
Todos miramos al hombre mientras sale con paso lento y costoso. Callamos.
Hace una semana me llevé el último bote de antibiótico de la farmacia abierta. Eran las 4 de la tarde. El siguiente niño que lo necesitase (quedaba mucha tarde y estamos en una época difícil),... Pues a joderse. Papis, de peregrinación farmaceútica.
Somos una comunidad de traca, nunca mejor dicho. De risa. Solo que no dan ganas de reir. Dan ganas de cercenar cabezas como poco.
Hoy mi mala hostia rebosa.
Y no creais que esto os queda tan lejos, que os es tan ajeno. Cataluña, Baleares y Aragón están llegando a una situación similar, imagino que dentro de poco no podrán mantener las deudas, y tomarán medidas. Cuando veas las barbas de tu vecino pelar...
Estamos bien jodidos.
De niños todos creemos a nuestros padres casi inmortales. No tenemos el concepto de mortalidad del todo claro, y además no creemos que a nosotros nos pueda afectar. Cuando la vida de un bofetón me aclaró qué era la muerte, pero esa de verdad, esa para siempre, yo tuve la certeza de que mi padre era el siguiente. Eso con 8 años fue devastador.
Mi padre tenía 40, parecían mil. Fumaba demasiado, desde hacía demasiado tiempo. Siempre con su eterno cigarro en la comisura, a punto de caer. No hay ninguna foto de él sin ese eterno compañero. Estaba demasiado delgado, arrastraba los pies como un anciano, y las mañanas eran una monótona sinfonía de toses brutales. Yo había estado a punto de verlo morir desangrado. Le gustaba pescar a mano en el río, pero no se acostumbraba a la creciente contaminación. Seguía haciéndolo descalzo, hasta que un día pisó el culo de una botella de cerveza. Algo tan tonto... Pero aun así la certeza no me llegó hasta la muerte de mi abuelo. Entonces me fui obligando a acostumbrarme a la idea. Pero dejó de fumar. El muy cabrón dejó de fumar cuando ya habiamos desistido de pedírselo. Al mes era otro. 20 años menos en un mes. Así que empecé a verlo como inmortal de nuevo.
Hace un par de años, dos días antes de mi cumpleaños, su corazón dijo hasta aquí hemos llegado. Y a punto estuvo de morirse. Coño, y esta vez no estaba preparada. Fue como caer de repente a la realidad. Podía morir. Había estado a punto. Supongo que nada nos prepara realmente para eso.
Hoy he visto a mi primo, un hombre ya, 36 añazos, un divorcio y mucha vida sobre sus hombros, como un niño pequeño. Estaba perdido, desamparado. Sólo he podido abrazarlo. Nada prepara para la muerte de una madre, nada consuela.
Mierda de cuerpos mortales. Mierda de ley de vida.
A veces la tristeza no derrama en lágrimas, y se queda dentro de ti, habitándote, poniendose cómoda, causando estragos en tu interior. Está redecorándome por dentro, cambiando paisajes para siempre con sus manos de esquirlas.
Esto es una mierda. Casi todo es una mierda. Es la tristeza, que se esconde en mi cristalino, variando la realidad, haciéndome ver todo más feo. La puta tristeza.
A veces no puedes comprar todo lo que querrías, y en lugar de dar explicaciones, toca inventar cuentos para distraer, hasta que se pueda. Este es un cuento improvisado con mi hija. Espero que seais capaces de aguantarlo entero, y que tengais paciencia con este hada gruñona, que se parece sorprendentemente a mi.
Había una
vez una niña que sólo tenía un pijama de verano. Era morado con rayitas
blancas, un regalo de su tía.
¿Qué me
pondré en invierno? pensó V. Mis pijamas se han quedado pequeños, y se los
tendré que regalar a mi hermana. Y así, pensando, se durmió.
De repente
en sus sueños apareció el hada de los pijamas. ¿De los pijamas? Sí, eso he
dicho. El hada de los pijamas en lugar de un vestido precioso llevaba siempre
un pijama y unas pantunflas de peluche moradas.
-¿Qué pasa
V? ¿Por qué refunfuñas?
-Porque mis
pijamas de invierno se me han quedado pequeños, y sólo tengo este pijama de
verano.
-Bueno,
bueno, no te quejes y ven conmigo.
-¿Adónde
vamos?
-Lo verás
cuando lleguemos. ¿Tienes que saberlo todo o qué?
-Vale, vale,
vamos hada gruñona.
Y
emprendieron camino.
-Primero
tenemos que cruzar este bosque, dijo el hada.
-¿Este
bosque tenebroso? Yo no, a mi me da miedo, es de noche, todo está oscuro, dijo
V.
Los árboles
parecían monstruos, se escuchaba el ulular de los buhos, y hasta el aullido de
un lobo.
-Pero a ver,
¿tú llevas tu pijama?
-Claro.
-Pues
entonces.
-¿Pues
entonces qué? preguntó V.
-Que los
bosques de noche no dan miedo si vas en pijama.
-¿Y eso por
qué?
-Porque los
pijamas son luminosos en estos bosques, dijo el hada.
Entonces V
miró su pijama y vio que era cierto, el pijama se había iluminado. El del hada
también y hasta las zapatillas de peluche daban luz.
Los árboles
dejaron de parecer monstruos. Sus brazos terroríficos eran sólo ramas, las
bocas huecos donde vivían las ardillas. Los buhos confundieron la luz de los
pijamas con la luz del día, y se fueron confusos a dormir. El lobo huyó
asustado, pensando que era algún cazador desalmado.
V y el hada
atravesaron el bosque tranquilas, a la luz de sus pijamas.
Entonces el
hada dijo: V, ahora hay que atravesar esa cueva.
-¿Una cueva?
Ni en broma, está oscura, me da miedo.
-¿Pero tú
llevas tu pijama?
-¡Qué hada
pesada! Ya sabes que sí. El único que tengo lo llevo puesto.
-Tú sí que
eres pesada. No seas quejica. Si llevas tu pijama puesto la cueva no da ni
pizca de miedo.
-¿Cómo que
no? Ah, da luz.
- Da luz y
tararea.
-¿Tararea?
Y entonces
los pijamas empezaron a tararear una nana.
-Vaya, sólo
tararea… , dijo el hada, y empezó a cantar “Cruzaremos esta cueva, no da miedo
ni nada, cantaremos esta nana que tararea el pijama”.
Las arañas
huyeron a sus telarañas, porque a las arañas de las cuevas les asustan los
pijamas que tararean nanas. Y un oso, que las esperaba, se durmió al escuchar
la canción de cuna.
Cuando iban
a salir de la cueva vieron que una cascada cubría la salida.
-Hay que
cruzarla, dijo el hada.
-Eso sí que
no, dijo V. Me mojaré mi único pijama. ¿Con qué dormiré?
-Ya estamos
otra vez. Sólo tienes un pijama, ¿y qué? Yo sólo tengo un cerebro y un corazón,
y no me quejo. Además, los pijamas son impermeables al agua de cascada de
salida de cueva. ¿No lo sabías? Anda, cruza.
Y cruzaron
agarradas de la mano. Y del pijama salió un paraguas, y se alargó hasta llegar
hasta el suelo.
Salieron
completamente secas a un valle precioso. De los árboles colgaban pijamas,
pijamas preciosos, con colores brillantes y dibujos alegres.
-Toma V,
coge uno.
-No sé cuál
elegir, me gusta este de estrellas, pero también ese de soles.
-Pues coge
los dos, y toma, uno de lunas, que sé que te gustan, y además brillan en la
oscuridad. Y de regalo este de arcoíris, con todos esos colores. Rojo, naranja,
amarillo, verde, azul, morado, cantó el hada. Sé que siempre los dibujas en el
orden correcto, y hasta te sabes la canción con los colores en inglés.
-Pero, dijo
V, recordando de repente a su hermana pequeña N, cámbiame 2 por otros más
pequeños para mi hermana. La pobre sólo usa pijamas heredados de mi, o de
nuestra prima. Merece un par de pijamas nuevos.
El hada,
sonriendo, cogió 4 pijamas más, un poco más pequeños.
-Aquí
tienes, le dijo. Uno de gatitos, que sé que le gustan, otro de corazones, otro
de nubes, que me gustan a mi, y este otro de hadas, dijo el hada guiñándole un
ojo.
Y entonces
regresaron al sueño de V, pero no caminando, si no volando. Porque cuando
llevas un pijama del Valle de los pijamas puedes volar hasta los sueños.
Y entonces V
despertó, y pensó que sólo había sido un sueño. ¡Qué decepción! Pero entonces
miró a un lado de su almohada y vio 4 pijamas dobladitos, uno de estrellas,
otro de soles, otro de lunas y uno precioso lleno de arcoíris. Y al otro lado
de su almohada encontró cuatro más, un poco más pequeños, uno de gatitos, otro de corazones, otro de nubes y
otro de hadas en pijama, sonrientes y guiñando un ojo.