El ser humano es absurdo. Supongo que es algo inherente a su naturaleza. Luchamos por las cosas hasta el puto momento en que las conseguimos, y entonces, como un niño caprichoso desdeña el juguete en cuanto se lo compran, tras meses de lucha feroz, súplicas y gritos por conseguirlo, dejamos que todo se pierda.
Somos absurdos. Pagamos gimnasios carisimos, pero subimos siempre por la escalera mecánica en el metro, observando con un odio visceral a los pobres gilipollas que suben las escaleras. Somos así.
Y luego, cuando perdemos algo, es cuando nos damos cuenta de cuánto lo echamos de menos. Sí, gilipollas, eso, justo eso que antes te daba igual, que era un mueble más. Eso.
Así, esa risa escandalosa te parece de nuevo adorable, la echas de menos. Y esos datos absurdos que tan coñazo te parecían (ya estamos con las clasecitas otra vez), ahora se te antojan interesantes. Ahora todos los cafés del mundo no parecen demasiados, hasta te ofreces a hacerlos, deja, ya puedo yo sola, gracias.
No culpo a nadie, a todos nos ha pasado alguna vez. Somos así, absurdos.
Y yo, que soy más absurda que nadie, perseguidora nata de imposibles, soñadora empedernida, tocapelotas profesional, pues no soy distinta.
Lo malo es si sí valoras lo que tienes y lo pierdes, porque es el otro el que no te valora, o sí te valora, pero no funciona, yo que sé. Pero eso es otro tema.
Resulta que yo, absurda, doblemente absurda porque a veces en lugar de una soy dos, a veces me olvido de quererme. Y mi ego ciclotímico, y mi autoestima, esa que habita casi permanentemente esas estaciones de metro que tanto me gustan, pues van y vienen. Y entonces, si me preguntases qué habilidades tengo, seguro que sólo se me ocurriría contarte que sé decir un trabalenguas a una velocidad bastante interesante, uno que casi nadie conoce. Y así, cuando me miras a los ojos, pequeño imbécil sin corazón, y me dices que si no eres tú, quién me va a querer, yo voy y te creo.
Pero qué coño, hay varias personas en el mundo que me quieren, estoy segura.
Y entonces atacas de nuevo, y me dices que no encontraré otro como tú. Juas, ataque de risa. De eso se trata. Si tengo que encontrar a otro igual, prefiero morir sola y devorada por los gatos, qué coño.
Y entonces, absurdo, das por ganadas las batallas. Yo prefiero la paz, pero si te empeñas... Y, absurdo, das por hecho que al menos una de mis pequeñas islas no me quiere, o al menos no tanto como a ti. Pero te olvidas, imbécil, de que el amor no es exclusivo, ni excluyente, y de que mis pequeños islotes tienen el corazón suficientemente grande como para albergar a media humanidad, incluyendo a esta pobre absurda.
Así, que das la batalla por ganada, y me miras con odio cuando ella, esa ella que no me quiere, me dice que me va a dar 3 besos, no, 3 no, mami, 8. Y empieza con su rutina de cariño. Uno en cada mejilla, uno en cada oreja, uno en el cuello, otro en cada pecho, y uno en el ombligo. Y vuelta a empezar. No, no me quiere. Me adora. Lo normal, supongo. Es pequeña y yo soy su madre. Muy mala madre tendría que ser para que no me quisiese, capullo. Y no lo soy. Repite de nuevo eso y ...
Así que sí. Ves? Sí hay alguien que puede querer a ese monstruo que describías. Al menos 2 personitas. No tenías razón. Te jodes.
Hoy me perdonais la rabia, pero mejor descargar aquí, creo.

















