lunes, 28 de abril de 2014

No pensar, aunque la realidad nos golpee en la cara



Hace pocos días estaba trabajando en un centro de salud, intentando hacer socios para la ong. Una mujer de unos 60 años que hablaba con mi compañera empezó a intentar convencernos de lo que ella creía, incluyéndome en la conversación hablando cada vez más alto.
 
Es mentira, decía, que haya niños pasando dificultades en España. Es todo una patraña, una mentira para que nos pongamos en contra de todo. Lo han dicho en la tele, seguía cada vez más alto. Lo he visto en uno de esos canales que dicen la verdad.
Yo le pregunté si no veía necesidad a su alrededor, pero ella seguía con su discurso absurdo. Como no puedo permitirme discutir en el trabajo, y además es inútil intentar hacer ver la realidad a alguien que se niega a verla, me di la vuelta y salí a seguir trabajando en la calle.

El centro de salud está en uno de los barrios más pobres de Valencia. Enfrente hay una “escoleta”, una escuela infantil, despintada y con pinta de hundirse en cualquier momento. En el bar de la esquina hay 3 tíos sentados en la acera, gritando burradas sin que nadie parezca asombrarse. El barrio está visiblemente deteriorado. Como es festivo escolar hay niños en la calle. No, no parece que les sobre nada.

Llevo toda la mañana escuchando historias tristes. Hay zonas donde la gente te cuenta más dramas, donde los ancianos se ponen a llorar mientras te cuentan cómo alimentan a sus nietos. Toda la puta vida trabajando nena, toda, para tener que ver a mis hijos así de jodidos. Y así uno tras otro. El día anterior mi compañera me mandó un mensaje contándome que le había dado 5 euros a una familia a la que había parado, desolada ante la situación por la que pasaban.

Si alguien me contesta esa estupidez de que en España todo va de puta madre en pleno centro de Valencia, donde hay gente con mucho dinero y una nula conexión con la realidad, o delante de aquel centro comercial pijo donde una mujer me dijo que estaba pasando una situación crítica (Mira teta dónde he tenido que venir a comprar, me dijo señalándome El Corte Inglés, como si fuese una casa de caridad), me reiría. Sí, me reiría pensando en cómo puede estar tan alejada la gente de la realidad mientras no les golpee de lleno la miseria.


Pero esta mujer se choca con la pobreza en cada esquina de su barrio. Seguro que hay vecinos suyos pasándolo francamente mal, como aquella chica que me contaba que la alimentaban sus vecinas, a ella y a su hija. Menos mal que hay gente buena, me contaba. Menos mal que llevo toda la vida viviendo ahí y me conocen. Siempre me suben tuppers con comida, o se quedan con la nena cuando tengo entrevistas de trabajo.
Por eso no entiendo cómo puede creer lo que dice esa “tele que dice la verdad”. No puedo, me cabrea, me dan ganas de salir a la calle con ella e ir señalándole miserias.

Que los informes de pobreza infantil en España los han hecho organizaciones tan poco de izquierdas y radicales como Cáritas, coño.
 

Desde pequeños no nos han enseñado a pensar. No se premia pensar por ti mismo, más bien al contrario. Nos enseñan a seguir puntos, a colorear con el color “correcto”, a memorizar fechas, datos que olvidaremos en cuanto acabemos el examen.  No pienses fuera de la norma, no formules preguntas que requieran que el profesor tenga que replantearse sus métodos o sus enseñanzas.

Tuve un profesor en la facultad, una eminencia de la genética, uno de los fundadores de mi facultad. Era un viejo sabio con una capacidad nula para transmitir sus conocimientos. Leía su libro en clase. Eso era lo que iba a entrar en el examen. Ay de ti si cambiabas una coma, si decías lo mismo pero con una frase distinta. Estabas jodido y suspendido. Memoria pura y dura. No recuerdo prácticamente nada de aquella asignatura.

El examen más difícil que he hecho nunca fue con libros y apuntes. Fue en Ecología. Y uno piensa a priori que con libros un examen es fácil. Pero había que pensar, fue un reto. El examen más difícil que he hecho, el que más me gustó, en el que mejor nota saqué. Mi memoria no es buena. Soy mucho mejor con la lógica.
Pero no todos los profesores son así, no todos están dispuestos a plantear retos, a tener que pensar ellos mismos corrigiendo. Ese profesor fue la excepción, un oasis en un desierto inmenso de profesores que no querían personas pensantes, si no loros de repetición.

Así que no aprendimos a pensar, a dudar, a observar. Nos dicen algo, lo dice un medio en el que creemos, y ni nos planteamos si es o no cierto. Mucha gente cree a pies juntillas lo que dicen  en algunos medios, aunque la realidad les golpee en cada esquina. Hay gente que prefiere no pensar. Que otros lo hagan por nosotros.
Y vaya mierda.
No vemos lo vulnerables que nos volvemos.


Ellos dicen mierda by La Polla Records on Grooveshark

 Patrias by El Hombre Viento on Grooveshark

viernes, 28 de marzo de 2014

Azalea (cuento)

Azalea era una nube feliz, siempre sonriente. Cuando era Azalea la que llovía todos sabían que era porque lloraba de la risa.

Le gustaba dejarse llevar por el viento, sobre todo por el que viene del mar, húmedo y con olor a salitre. Le hacía cosquillas, y le gustaba su sabor salado. Ese viento siempre la llenaba de lluvia, y entre las cosquillas y la humedad, Azalea siempre acababa lloviendo de la risa, lluvia en grandes gotas felices que regaban los campos, que limpiaban las aceras.

Pero lo que más le gustaba a Azalea era un pequeño pueblo de pescadores, junto al mar. En sus calles siempre había niños jugando, libres, alegres. Sus risas eran contagiosas. Las casas eran pequeñas, blancas, relucientes bajo el sol. Cada vez que podía, Azalea se acercaba a aquel pueblo, a observar a sus habitantes, a recorrer con la mirada sus calles estrechas empedradas.

Un día, Azalea pensó que hacía mucho que no visitaba su pequeño pueblo, y se dejó empujar por un viento que venía del norte. Casi pasó de lejos, porque no lo reconoció. ¿Cómo podía su pueblecito haber cambiado tanto?

De repente se encontró con un pueblo bullicioso, lleno de gente extraña con ropa colorida y cámaras de fotos colgando del cuello. Había coches por todas partes, bocinazos, gritos. Los niños andaban bien cogidos de las manos de sus padres, y no parecían muy alegres, y mucho menos libres.

Pero lo que más asombró a Azalea fueron los edificios. Al lado de las pequeñas casas, o hasta en lugar de las pequeñas casas, había edificios delgados y altísimos, cubiertos de cristales, que reflejaban la luz del sol y cegaban a Azalea.

Tan deslumbrada estaba por aquellos enormes espejos alargados que se quedó enganchada en la punta de uno de aquellos rascacielos.

Al principio no supo qué ocurría, quería huir, pero algo se lo impedía. Luego se dio cuenta de que estaba atrapada por aquel monstruo, y empezó a tirar y tirar, pero no conseguía más que desgarrarse por algunas partes, poco más. Así fue como Azalea lloró por primera vez en su vida de tristeza.

Lloró y lloró, descargando pequeñas y finísimas gotas de agua sobre aquel pueblo. Al principio los habitantes y los veraneantes lo agradecieron, tras semanas de agotador calor, pero pasaron los días y Azalea seguía llorando. Sus amigos los vientos venían para empujarla, pero sólo conseguían cargarla de más lluvia, que caía sin descanso. Las calles se inundaron, nadie podía tumbarse en la playa a tomar el sol, ni pasear por el pueblo tranquilamente, y mucho menos tomar algo con los amigos en una terraza. Entonces los turistas comenzaron a marcharse.

Cuando no quedó en el pueblo más que la gente que vivía todo el año, empezaron a preguntarse por qué no dejaba de llover. Y de repente se fijaron en la gran nube gris y triste que había en la punta de un edificio. Miles de nubes habían venido a ayudarla, pero al no conseguirlo, lloraban de tristeza con la pobre Azalea.

Los habitantes se dieron cuenta de que la culpa era de aquellos enormes edificios, y cuando los miraron bajo el cielo gris, ya no les parecían tan fantásticos, ni tan buena idea. Descubrieron que añoraban los días felices y tranquilos de antes de que se volviesen locos y construyesen más allá de lo imaginable.

Fue entonces cuando decidieron destruir todos aquellos edificios. Demolieron hasta el último, ese en el que estaba enganchada Azalea. Para cuando quedó libre, el pueblo era casi el que solía ser, y Azalea no podía dejar de sonreir, agradecida.

jueves, 20 de marzo de 2014

Perder toda fe



Lo jodido de perder la fe es el vacío. Con esto no contaba, con este frío no contaba.

Yo antes creía. Creía en demasiadas cosas, supongo. Creía en Dios. Sí, creía en Dios. No era ese tipo de creencia ciega y no cuestionada de la fe normal. Yo creía, supongo, por necesidad.


Al principio todos creemos por una cuestión cultural. Mi madre es creyente practicante. Supongo que por eso creía cuando era pequeña. Iba a misa con ella, todo me parecía mágico, tan ostentoso y ceremonial. Era como ver una y otra vez la misma representación teatral. Creer era fácil. Era lo que tenía que hacer.

Luego empecé a tener dudas. Pasé una crisis de fe de la hostia, de esas brutales, con sermones y visitas obligatorias al párroco. Al final resultó el más cuerdo de todos. Es sano que tengas dudas, me dijo. La fe debe sustentarse en el lado crítico. Si superas esta crisis de fe y sigues creyendo saldrás fortalecida. Si no la superas no pasará nada, Nuria. El mundo no acaba aquí.
La superé, y convertí los padresnuestros en parte de mi rutinas para poder seguir. Desde entonces tengo la firme convicción de que las religiones tienen mucho que ver con el TOC. Muchas beatas parecían tener el mismo comportamiento de repetición rutinaria que yo, casi obsesiva. Pero yo era consciente. No podía evitarlo, como los pares, como los giros de la cucharilla al mover el café. Rutinas. 


En mi facultad ser creyente y confesarlo era… curioso. He mantenido más discusiones sobre mi fe allí que en ningún sitio. ¿Dónde encaja la evolución con tu Dios? ¿Cómo puedes creer siendo de ciencias puras, viendo pruebas? Un compañero decía que mi libre interpretación de la biblia rozaba lo blasfemo. Yo entendía todo como metáforas, no como realidades. Adán y Eva: metáfora, una puta parábola inventada para explicar a pobres analfabetos (perdón). ¿La Iglesia? Una buena idea en principio, que luego se fue pervirtiendo porque la gestionaban personas. En ella no creía. 

Y así, con mi libre versión del catolicismo, fue sobreviviendo mi fe. Porque la necesitaba. Necesitaba pensar que había algo más, un lugar en el que volvería a encontrar a mi abuelo, o a Alejandro, o… Bueno, eso. Me jodía pensar que todo acababa aquí. Y además me tranquilizaba confiar en alguien cuando no veía salida. Pedía ayuda, prometía cosas absurdas. Confiaba. Rutinas que me mantenían entera.
Era todo más fácil cuando creía. Sí, era más fácil.


Ahora ya no creo. Quiero creer, pero no me sale, igual que ya no me sale creer en el amor, o en los parasiempres.
 En algún lugar me dejé la fe, y ya no puedo recuperarla.

Hace poco entré en una iglesia. Mi hija quiere tomar la comunión. Todas sus amigas lo hacen. Y me parece importante dejarle elegir hacerla, igual que le dejaría elegir no hacerla. Ya veremos si dentro de unos años es capaz de conservar su fe, si quiere conservarla. 

Así que allí estaba yo, como había estado tantas otras veces. Era algo divertido, cantaban, el cura no era aburrido. Pero no podía con aquellas ganas de salir corriendo, de acabar con aquel teatro. Me parecía una falta de respeto estar allí sin creer una puta palabra. Qué ganas de levantarme e irme. Algo muy físico.
Entonces fui consciente de que ya era algo irrecuperable, de que ya no podría recuperar ese estado de “inocencia”.  Igual que en tantas cosas.

No hay amor, no para mi, ya nunca sentiré esa emoción, ese saberme capaz de vencer a dragones, esa invencibilidad que se siente cuando se está enamorado.
Y ya no hay quien me salve. Ya no hay un sitio mejor al que ir después de esto.


Era más fácil cuando creía. En todo. Era más fácil. Joder.

Losing My Religion by REM on Grooveshark   Losing my religion - REM
( Ya, ya, no habla de religión, más bien de desquiciarse. Igual tiene más que ver con la pérdida de fe en el amor, supongo)

Nota: La imagen no es por faltar el respeto. Es una tumba real del cementerio de mi lugar. No creeré, pero sigo visitando a mis muertos.

viernes, 28 de febrero de 2014

Una serie de catastróficas ...

 Esto es una de esas gilipolleces que hago, una breve explicación que no puede justificar ausencias, pero igual así me entendeis un poco. Y además necesito descargar esto que me provoca ataques incontrolados de risa, de lo absurdo que es.



A veces la vida parece empeñada en descojonarse en tu cara, y la hija de puta tiene un sentido del humor perverso, de esos que me encantan si no fuese porque viendolo desde dentro no tiene ni puta gracia. Es una especie de sucesión de hechos absurdos. Mi pequeña serie de catastróficas desdichas (sí, como aquella película que siempre me hace sonreir).


Yo solicité justicia gratuita, porque no puedo permitirme pagar un abogado, costas, etc. Al tiempo me asignaron a una abogada muy mona y muy absurda. Imbécil, eso también. Es una especie de pija que se hace la simpática, pero que usa muchos tecnicismos y habla demasiado rápido para que no sepas qué coño dice. Igual ni siquiera ella lo sabe.
Ella redactó un borrador de demanda. Yo, que no tengo ni idea, porque no tuve la feliz ocurrencia de estudiar derecho (no, yo tenía que ser poco previsora y poco práctica y estudiar biología, joder), le mandé a María el borrador. Ella puso el grito en el mail y me pidió que no le dejase presentar eso, que me dejaba en una situación penosa.
Llamadas a la inútil, a mi (también bastante inútil), y al final, desesperada, María decide redactar ella la demanda y convencer a la boba de que la presente. Ella, encantada de ahorrarse trabajo (eso sí, primero tuvo que resolver dudas sobre si podía pedir medidas cautelares ella misma, ay), presenta el trabajo de María como propio, y tan contenta.
Hasta aquí todo un poco absurdo, pero vale.
Fecha para la vista: 3 de marzo. Luz al final del puto tunel eterno.
Harta de no tener noticias llamo a mi querida letrada de oficio y me cuenta ("Ay, Nuria, a punto estaba de llamarte", como siempre que la llamo, juas) que igual no hay vista, que hay un jaleo de competencias.

María al rescate de nuevo. Me asesora, llama al juzgado,... Al final voy donde ella me dice y averiguo:
Mi abogada se equivocó de juzgado al presentar la demanda (aunque ella sigue convencida de que no, miles de explicaciones llenas de tecnicismos me ha dado, y si al final deciden que sí, hemos ahorrado tiempo, dice. Ayyyyyyyy). Vale, pensareis, pero en el juzgado no la admitirían. ¡Error! (horror).
El día que se presentó mi demanda la encargada de admitirla a trámite se rompió un pie (sí, ese mismo día), y se cogió la baja. Los compañeros estaban desbordados, se liaron porque no era lo que ellos hacían, o yo qué sé. La admitieron.

Bueno, pero alguien se daría cuenta. Pues no. O sí. El juez dio el visto bueno, el fiscal igual. Me dan fecha para la vista, informan a mi no-querido aun (y parece que hasta el fin de los tiempos) marido, que me dice que la retire, que yo le quiero. Pero al final solicita abogado viendo que yo no cedo. Su abogada, claro, es más útil que la mia, y dice "eh, que esta tía se ha equivocado de juzgado" (bueno, mucho más formal, pero eso).

Y aquí estoy. Jodida. Que me rompen a pedradas la luz del final del tunel, coño.
Menos mal que está María. Algo muy bueno he tenido que hacer para tenerla.

Ahora intentamos que me asignen otro abogado, a ver si este...



Y no, no os preocupeis. Estoy entera y bien, descojonada de la risa por tanta mala suerte.

Vida, te vas a tener que esforzar más en putearme para extirparme la risa. Es un defecto congénito. Venga, que te espero. Soy la de la sonrisa.


miércoles, 12 de febrero de 2014

Que treinta años no es nada




Los que lleváis tiempo por aquí ya me habéis leído sobre mi abuelo. Al final acabo escribiendo siempre sobre las mismas cosas.
Mi abuelo murió cuando yo tenía 8 años, él 63. Se marchó, el muy cabrón y me dejó huérfana de vida. Nunca nadie me entendió como él, nunca tuve esa conexión con nadie.

No era una persona fácil, se empeñan en decirme. Me cuentan historias para apoyar lo duro que fue. Hijo de puta, eso le he oído llamarle a mi tía. Tendrá sus razones, las escucho y la entiendo. Pero cada uno vive las cosas según las siente, y conmigo siempre fue la persona más increíble del mundo. Nunca hay una única versión de las historias. Las cosas suceden, pero no son las mismas para ti que para mi. Nunca las viviremos igual, nunca las contaremos igual.

Mi abuelo estuvo en la guerra, sufrió, dicen. Lo único que le escuché contar al respecto fue que cuando llegaron, vencidos y famélicos, creyeron que podrían comer hasta saciar el hambre acumulada durante meses, pero no podían comer. Apenas comían algo sólido vomitaban, desacostumbrado el estómago como lo tenían. Me contó que había estado quince días comiendo sopa que se hacía con algo parecido a los canónigos que cogía a la orilla de un río. Si miraba al cielo me caía de espaldas, me contó entre carcajadas. Siempre fue capaz de reírse de sus desgracias, de reir a carcajadas por puta que se pusiese la vida. Creo que es la mejor herencia que me dejó, aparte de mis manos y la espalda ancha. No heredé sus ojos azules, ni su pelo rubio. Los remolinos sí, puto pelo rebelde.

También heredé su melancolía, creo. Y decían que el mal genio. Si me viese ahora lloraría conmigo por mi falta de carácter. O me daría de hostias. O le daría de hostias a él hasta sacarlo de mi vida. Siempre tuvo un carácter fuerte. Enfadado daba miedo. Eso decían. A mi no. Yo lo admiraba más cuando ponía a alguien en su lugar sin ni siquiera perder los nervios. Su voz sonaba a tempestad. Nunca le hizo falta elevarla demasiado.
Sufrió una vida de mierda. Perdió a tres hijos, dos de ellos inválidos, presas de una enfermedad degenerativa que acabó con ellos en la adolescencia. Perdió al amor de su vida pronto.
Pero siempre se buscó la vida. Era un superviviente.

 
Le recuerdo regando el suelo de tierra de su casa, jugando a las cartas junto a la chimenea, empeñado en enseñarme trucos, guiños, reglas que saltar. Si no se hubiese muerto llevándose mis ganas de jugar a las cartas ahora seguramente podría vivir de ello. Pero aquella puta tarde, mientras esperaba a que se lo llevasen sentada en aquel tronco muerto, acariciando la cabeza de su perro, supe que nunca más podría jugar. Ni sonreir igual. Nunca nadie me hizo sentir tan segura y valiosa. Nunca nadie me cantó La Zarzamora con la risa y el llanto en la voz.

Durante años fui la vergüenza de mi familia, nunca supe comportarme como esperaban. La mayor parte del tiempo ni sabía qué coño esperaban de mi. El día de Todos los Santos me obligaban a vestirme de domingo y fingir ser otra en la misa de difuntos. Un año no pude más con el teatro e hice lo que siempre hacía cuando iba sola al cementerio. Me senté en la tumba de mi abuelo y hablé con él, riendo al contarle lo mal que lo pasaba en el instituto. Sentía como cuando me sentaba en sus rodillas y me cantaba. Al año siguiente mi padre me dijo que si no quería ir podía quedarme en casa. Casi me lo suplicó. Nunca más volví en fechas señaladas. Cuando voy me sigo sentando en sus rodillas y contándole mis miserias con una sonrisa.

Hoy me han dicho que seguramente la vista para el divorcio se suspenda. Problemas burocráticos. Y a mi, como cada vez que la puta vida aprieta, me ha dado por pensar en él.

Hoy te echo jodidamente de menos. Hay heridas que el tiempo no cura. Tal vez no se vean. Tal vez las escondamos porque nos parece absurdo que 30 años después sigan abiertas. Pero lo están. Joder si lo están.

domingo, 19 de enero de 2014

Caos, tristeza y risa



No sé exactamente qué escribir. Tengo un caos mental y necesito ponerle orden, así que no respondo de lo que resulte.



Llevo unos días extrañamente tranquila. He estado jodida. Pero jodida de verdad, con una tristeza que me sobrepasaba. No recordaba nada parecido. Era como si me hubiesen robado las fuerzas. En parte por eso he estado más ausente aquí.
Y de repente, sin motivo (o sí, creo que el motivo fue una notificación judicial) me siento entera, tranquila, fuerte. No me atrevo a decirlo en voz alta, que yo siempre fui montaña rusa. Pero es como si en este momento hubiese un poco de paz. Y eso que os juro que no hay  demasiados motivos, porque la situación en mi vida se tensa por instantes, mi casa es un sitio hostil, y sigo en la cuerda floja en el trabajo. Igual. Todo igual. Tal vez es que me he vuelto loca y he perdido el sentido común y por eso no ando llorando por los rincones. Tal vez.

Y mientras veo la vida pasar, con una mezcla de tristeza, desesperanza y hastío. Porque la realidad a veces se me clava como esquirlas, y las historias me golpean.

Como la de ese hombre que conocí (no sé si ya os he hablado de él) que para amablemente y me mira con sus ojos azules y una tristeza infinita. Me escucha atento y después me cuenta: Ojalá pudiese ayudar, me dice. Ojalá. Pero es que no tengo nada, nada. Estoy enfermo y no tengo nada. Soy diabético, tomo un montón de pastillas al día. 19. Yo sólo quiero trabajar, sólo eso. Si yo trabajaba, ¿sabes? Créeme. ¿Me crees? Y yo asiento, casi sin voz. Tuve un accidente y me quedé mal. Tengo una minusvalía. Y epilepsia, por el accidente. Yo sólo quiero trabajar, pero no puedo, porque me despisto. A veces me quedo como mareado, y no me acuerdo bien de las cosas, y me desoriento. ¿Me crees, verdad? Y me enseña sus papeles, queriendo justificarse, abre la carpeta y me enseña informes médicos y los certificados de la minusvalía. Estoy en tratamiento psiquiátrico. Dormir en la calle es muy duro niña. 

Y yo aquí muero un poco, porque me parece increíble, porque querría salir corriendo, cerrar los ojos, abrazarle, algo. Porque es inhumano que alguien así duerma en la calle. Antes dormía en un albergue, pero era peor, ¿sabes? No me acostumbraba. Hay gente mala. Pero yo no he nacido para dormir en la calle. Soy de una familia de trabajadores. Yo sólo querría trabajar. La otra noche me intentaron robar la bolsa, dice. Abre un bolso pequeño, lleno de frascos y cajas de pastillas. ¿Y si me roban? ¿Qué hago si me roban? Lo de la nevera ni lo tengo, claro, si no tengo dónde dejarlo. Ahora me voy a ver si me invita el del bar a un café y así me tomo las pastillas. Y yo saco 2 euros. No, no, no, niña, no quiero caridad. 

No es caridad, lo juro. Es egoísmo puro y duro. Si no le doy los dos euros me muero. Necesito hacer algo. Y lo que hago es una mierda, lo sé, pero necesito hacer algo. 

No es caridad, le digo. Te invito a un café. A ver si la próxima vez que nos veamos me puedes invitar tú, ¿hace?
Y coge los dos euros bajando la vista y me avergüenzo de mi, por no poder hacer más, por darle putas migajas.

Están gestionando a ver si me dan una paga, me dice. Pero yo lo único que quiero es no dormir en la calle. La calle de noche no es como ahora, me da miedo. Muchas veces miro al cielo y le digo a mi madre que por qué no me lleva. Es que a veces no tengo ganas de seguir.

A veces…
A veces. Y yo lo pienso, y yo seguramente no tendría nunca. A veces. O sí. Es el puto instinto de supervivencia, que no atiende a ninguna lógica.



Paro a un hombre, sonrío. Tengo una mañana de mierda. Mi compañera me mira y me dice que menos mal que estamos juntas y podemos reírnos a pesar de que la mañana es así. Una mañana así sola…
Paro al hombre: ¿Tiene un minutito? Estamos haciendo una campaña, y si me permite le explico lo que hacemos. Tú, tú, tú, grita. ¿Tú qué derecho tienes a molestarme? ¿Tú tienes puñetera idea de mi situación? Claro, vosotras aquí, tranquilamente, molestando, jodiendo. ¿Tú qué coño sabes?

Y yo lo miro, y tiene razón, no tengo ni puta idea. Y, joder, debe estar pasándolo mal. Así que le contesto que no se preocupe, que mucho ánimo, que mejore todo. Pero él sigue gritándome. Él sigue con su monólogo, acercándose, haciendo aspavientos con la mano.

Y de repente me sobrepasa. Se me ha estropeado el coche. Él no tiene la culpa, pero se me ha estropeado el coche, y era lo que me faltaba, el puto coche. Y este mes de mierda. Y de repente no sé de dónde sale, pero una Nuria que ya no recordaba le toca levemente el codo, se acerca, y en el tono más tranquilo posible la escucho decir “mire caballero, yo le he pedido un minuto, no le he exigido nada. Se lo he pedido sonriendo. No quiere, pues no pare. Pero no me grite. No me grite. No, no tengo ni idea de su situación. Usted tampoco la tiene de la mia. Así que no me grite y continúe su camino.”

Mi compañera me mira. No sabe si aplaudirme o esconderse, creo.
Yo me siento la peor persona del mundo. Y a la vez me siento bien, porque he sido correcta. Porque he aguantado el enfrentamiento sin asustarme. Hace unos meses un ratoncito asustado se hubiese ido a llorar al baño, seguramente.

Y después seguimos, y nos reimos de tonterías. Será que este trabajo te curte. Será que la risa nos rescata.

Si no fuese capaz de reir a pesar de los dramas que me cuentan, o de las broncas, o de la puta crisis, que empieza a echarme su aliento pútrido en la nuca,… Yo creo que es lo que me mantiene así, un poco loca pero entera. La risa y el cariño. Cada vez que recibo un mail, un comentario, cada vez que un amigo me llama, cada vez que mis amigas me rescatan para tomar una cerveza, cada pequeño gesto. No os imaginais lo enormes que son para mi. Un mail, un besazo, y la sonrisa queda anclada a la cara, y ya no hay quien la mueva en todo el día. Así que gracias.


Y os dejo con un gasto muy útil de Generalitat. Teniendo en cuenta que esto es Valencia, donde casi nunca llueve, y están recortando de sanidad lo irrecortable (no imaginais la cantidad de centros de salud que no tienen ni jabón, ni papel higiénico, por ejemplo), pues es muy lógico. El gasto en un secaparaguas aquí es imprescindible, por supuesto. Juas. Ay. De lo absurdo me hizo hasta gracia.


Where Did You Sleep Last Night? by Nirvana on Grooveshark   Nirvana - Where did you sleep last night?

viernes, 10 de enero de 2014

Conversaciones con un muro (de nuevo)


 Me avisa de que me pedirá que le pague un alquiler, que no tiene ingresos. Yo trago saliva, sonrío, y me sorprendo a mi misma contestándole que eso de que no tiene ingresos es legalmente, que la realidad es otra. No estoy acostumbrada a rebatirle sin perder la voz. Veinte años de falta de costumbre. Veinte años sin llevar la contraria, sin discutir.

Él sabe que no estoy segura, dice, que sigo adelante por mi orgullo, porque me comen la cabeza. ¿Quién? Gente. ¿Qué gente? Gente.
Yo sé lo que sientes, dice. Sé que me quieres, dice. No tienes ni idea, contesto. No te quiero, no es orgullo. No te quiero.
Es que hacemos infeliz a mucha gente. ¿A quién? A gente. ¿Qué gente? Gente. Están sufriendo, dice. Mucha gente sufre por esto. ¿Y quieres ser infeliz toda una puta vida para no hacer sufrir a "gente"? No, no, yo no quiero seguir así. Quiero que te la juegues por mi, como te la jugabas, como yo... Y le miro, y no es capaz de seguir. Bueno, como yo me jugaría ahora, dice. Ahora es tarde. Orgullo. No, no te quiero.

Te conozco, dice. Veinte años, te conozco. Sé lo que sientes, dice. No tienes ni puta idea. No sabes quién soy. No soy la misma. Me estoy encontrando. No soy la misma.

Podemos romper los papeles. Podemos intentarlo, dice. No. ¿Por qué? Porque yo no quiero. Orgullo, dice.

Y lo mal que lo he pasado, dice. Me amenazaban, ¿sabes? Me han estado haciendo la vida imposible, dice. ¿Quién? Gente. ¿Qué gente? Gente. Y ahí a mi se me escapa la risa. Es todo tan absurdo.

Mira, esto no lleva a ningún sitio. No te entiendo, no sé de qué hablas. ¿Por qué? pregunta. Gente, gente, gente, ¿qué gente?, gente, contesto. ¿Tú entenderías algo? ¿Yo? Yo lo tengo claro, hablo claro.

Entonces... ¿qué hacemos? ¿Qué quieres hacer? ¿Seguimos adelante como una familia? ¿Rompemos los papeles?

No, no, no. Quiero que tu abogada llame a la mia. ¿Estás segura? Sí. No te avisaré más, no preguntaré más. Ojalá.



Absurdo, absurdo, absurdo. Todo. Hablar con un puto muro. Golpearme una y otra vez contra el mismo puto muro. Aunque juraría que hoy le he visto desconchones, alguna piedra que se movía.

another brick in the wall by Pink Floy on Grooveshark

Me perdonais la ira, la tristeza. No había escrito hasta hoy para no llenar esto de tristeza, pero es que hoy necesito escribir esto, antes de que intente convencerme de que él no ha dicho esas cosas. Antes de que finja que hablo sola e imagino cosas.